jueves, 29 de mayo de 2014

Sigfrido Radaelli (1909-1982)


Radaelli por Leopoldo Presas





Dijo Carlos Mastronardi:


     Una exaltación que no excluye el apacible tono coloquial, una elocuencia sin elocuencia, imprime su tono a estos admirables poemas. El poeta se acerca a las cosas y las vidas; un manso franciscanismo lo consustancia con la verdad de todo lo creado. Otras veces lo desvelan los grandes enigmas; entonces su conmovedora voz pide la cifra de aquello que nos rige desde la sombra. Pero su palabra siempre es afirmativa y celebratoria. 
     Huelgan mis consideraciones, ya que toda poesía firme se impone como una evidencia, como un hecho de la naturaleza...


(En: El Diario, Paraná, 13 de octubre de 1966)




Las rocas y el mar

¿Quién no observó el juego extraño, la labor sin sosiego
del mar frente a las rocas?
Desde lejos viene hacia aquí un murallón de olas,
alto, brillante, rápido.
Viene hacia aquí el oleaje, hacia el borde del mar;
replegándose
sube y baja su lomo
y de golpe se estrella contra las rocas, entre espumas.
Desde lejos, el oleaje podría ser un muro ondulante
que viene a azotar cruelmente las piedras de la orilla
entre bramidos de furia y de posesión.
Pero tal vez podría ser algo tan distinto: una inmensa caricia de agua
formada por saltos, por vértigos resplandecientes,
por rumorosas cascadas
que no buscan más que cubrir las piedras por un instante,
llenarlas de luz
y dejarles un terciopelo verdoso y húmedo
que se lleva bien con el misterio de las piedras,
con sus pasadizos, con sus insondables recovecos.

¿Y si fueras tú esa ola
que cuando va a castigar abraza con un susurro
y deja en la roca callada su luz
y su secreto?


La ausencia

Ya sé, los dos sabemos
que si te alejas hoy es para volver mañana.
O sea que mañana te veré nuevamente.
Está bien.
Pero hoy si te alejas para volver sin plazo,
si es eso lo que ocurre,
o sea ya no sé si veré mañana
o en un mes
o en un año,
ya no sé entonces si nunca volveré a verte.
¿Y entonces, Dios mío, hoy es la última vez que te veo
y esta tarde la última,
son estos minutos los últimos?

Ahora sé qué es no saber nada de nada.
Todo ha cambiado de golpe. Enfrente de mí
un agujero inmenso y negro, y en mis oídos resonando
un eco lastimero y largo.
A mi alrededor todo es vacío.
Hablo y me detengo,
vuelvo a hablar solitario, escucho asombrado mi voz
y vuelvo al silencio.
¿Qué sentido tienen ya las palabras
o los murmullos o el recuerdo o las pruebas del amor?

Los signos

Decir: adiós,
levantar una mano y agitarla
con alegría o con tristeza.

Decir: hola, qué tal.
Decir: hasta mañana,
con una mirada,
tal vez con una sonrisa también.

Decir: te he comprendido hasta el fin,
con un apretón de manos,
un largo apretón.

Decir que esta tarde ha sido hermosa
porque en la tarde estuviste tú.
Pero decirlo sin palabras,
sin gestos,
sólo con mi silencio.

(De: Tiempo sombrío, Buenos Aires, Losada, 1975)

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