martes, 4 de octubre de 2011

Héctor Viel Temperley (1933-1987)


Dijo Juan Forn:

Si algo me hace pensar en él es el sol pleno del verano. Y sin embargo lo conocí en invierno y de noche: una noche de invierno de 1976, una noche entre semana, porque yo estaba con uniforme del colegio y ella también. Ella era un par de años más chica que yo, se llamaba Verónica y era una de las hijas del poeta Héctor Viel Temperley. Estábamos ahí, en la puerta del BarBaro, porque ella quería que yo conociera a un poeta de verdad, un tipo que había dejado a su mujer y a sus hijos, además de su cómodo trabajo y su clase social, para dedicarse a escribir poesía. Había poca gente adentro, Hetomín (así lo llamaban sus amigos, así lo llamaban sus hijos) no había llegado, pero igual preferimos esperar adentro, porque uno no se quedaba parado esperando en la calle, de noche, en esos años –era algo que se sabía aunque no se supiera ni el diez por ciento de lo que estaba pasando–. Un rato después, ella vio venir a su padre, nos presentó y, por lo menos en mi recuerdo, nos dejó a solas. Durante la hora que siguió, por primera vez en mi vida yo pude escuchar cómo pensaba un poeta de verdad. En mi recuerdo, Viel fue el primer adulto que me habló como un igual. No fue culpa de él que yo no entendiera nada, que creyera que me estaba hablando sólo de poesía cuando él repetía la palabra riesgo.
Seis años después, a seis cuadras de distancia, volví a encontrarme con él. Su nueva base de operaciones era un bar con mesas en la calle sobre Carlos Pellegrini, a metros de Santa Fe, al lado del edificio donde estaban las oficinas de la Editorial Emecé, donde yo trabajaba de cadete. A las ocho menos cuarto de la mañana, el único otro habitué de aquellas mesas en la vereda era el Coco Basile, que desembocaba ahí con sus amigotes cuando cerraban el cabaret Karim, en la otra cuadra. Viel iba por el sol: con tal de aprovechar los primeros rayos de sol, a veces llegaba adelantado y se cruzaba con el Coco y su pandilla, que odiaban el sol pero odiaban más irse a dormir.
En una de esas mesas a la calle, a fines del ’82, Viel me dio un ejemplar de Crawl que acababa de imprimirse (me lo regaló de pura chiripa, porque fui el primero con el que se cruzó cuando volvía con el paquete de la imprenta: estaba tomándose un cafecito al sol, con la pila de libros en la silla de al lado, cuando yo bajé del colectivo a cinco metros de su mesa). En otra de esas mesas esperó mientras yo robaba para él, de la biblioteca de Emecé, un ejemplar de Humanae Vitae Mia, el único de sus libros de poemas cuya edición él no había tenido que pagar de su bolsillo, el único del que no le quedaba ningún ejemplar.
Para entonces yo ya había perdido lo mejor de la inocencia que tenía al entrar en el mundo de la literatura y creía que un poeta que se pagaba la edición de sus libros no era un poeta importante. Además, en esa época Viel hablaba de Dios todo el tiempo, un dios luminoso y panteísta y demasiado cristiano para mi gusto, aunque él lo hiciera aparecer en sus monólogos interminables entre legionarios y marineros y cosacos y nadadores de aguas abiertas y domadores de caballos. La última vez que lo vi en la terraza de aquel bar fue cuatro años después: tenía la cabeza vendada como la famosa foto de Apollinaire cuando volvió de la guerra, me dijo que su madre había muerto, que él acababa de terminar un libro llamado Hospital Británico y que le habían trepanado el cerebro. Irradiaba luz, hablaba demasiado fuerte, yo creí que estaba medicado: era que se estaba muriendo, a su formidable manera.
Aunque fuese Enrique Molina el primero que tomó a Viel en serio, que lo vio literalmente como un igual (nómada, amante del mar, vitalista ciento uno por ciento), hay que reconocerle a Fogwill el inicio del culto. Es en gran medida gracias a él que hay hoy por lo menos dos generaciones de jóvenes que idolatran a Viel por Hospital Británico, ese libro agónico que según decía le dictó su madre muerta a la luz del quirófano donde un cirujano le estaba abriendo el cráneo con una sierra eléctrica (le habían dado anestesia local; estuvo consciente durante toda la operación). Hospital Británico es un libro que Viel armó casi por completo con frases de sus libros anteriores, aquellas en las cuales anticipaba lo que le iba a pasar en una sala de ese hospital en 1986, acompañado por el espíritu de su madre muerta.
Para sus fans, es un misterio cómo pasó Viel de la normalidad casi anodina de sus libros anteriores a la potencia fulgurante de Hospital Británico (“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Me han sacado del mundo”.) Para mí, el verdadero salto, la triple mortal sin red, la había hecho poco antes, en Crawl. Uno de los acápites de ese libro es de León Bloy y dice: “Escucho a los cosacos y al Santo Espíritu”. Ese redoble sobrenatural de la tierra es lo que consiguió por fin escuchar Viel cuando estaba a punto de cumplir cincuenta años, y es lo que retumbó en su cabeza hasta hacérsela explotar, menos de cinco años después.
“Soy un hombre que nada”, me dijo en una época de bajón, después de Crawl y antes de Hospital Británico. Eso pensaba a veces de sí mismo: tanto dedicarse a la poesía y nada, salvo nadar, y que lo leyeran cincuenta. Para los mozos de aquel bar con mesas a la calle en Pellegrini y Santa Fe, y para el Coco Basile y su claque de putañeros after-Karim, será siempre el secreto mejor guardado de aquel refugio que ya no existe: el ocupante solitario de la mesita del sol, el sacado del mundo, el demente que parecía tener adentro el sol cuando pedía con voz de trueno su café y decía, a quien quisiera mirarlo, la frase que después inmortalizaría en Crawl: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, aunque comulgué como un ahogado”.

En: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-159191-2010-12-23.html

Dijo Julián Guarino:

Héctor Viel Temperley. Usted oyó hablar de él. Viel es un gran poeta. Viel es más que eso, es un mito conjugado en tiempo presente. Para hablar de él quizás debamos trazar una línea entre lo que es el poeta y lo que es poesía. No se trata de una línea arbitraria –digamos, maginot a ultranza- sino de una segmentación que establece el mismo Viel. Enseguida veremos bajo qué condición.
Poeta nómade y solitario –en lo biográfico fallecido en 1987 de un tumor, en un hospital, a los 54 años- sus escritos salen de los circuitos que los acunaron desde hace tanto tiempo para dejarse ver. La aparición de su Poesía Completa es, quizás, una muy buena noticia para aquellos que recién se acercan a su obra; y una mala para esos otros que no querían compartirlo.
En tanto que el poeta, hay luces que se ven a lo lejos. Su escritura extrema, su culto por el cuerpo, por la religión, por todo aquello que signifique imponerse al destino, ser el propio artífice de la búsqueda, anticiparse a la agonía. La de él, es una búsqueda espiritual y su escritura es ni más ni menos que la puerta de acceso a ese espacio divino. Viel no mira el mar acordonado desde una playa con una pipa en la boca. No, Viel está allá adelante y lo único que vemos de él son los arcos que dibujan sus brazadas mar adentro y que asoman por entre las olas.
Leerlo, es entrar en un desierto de esperanzas y temblores, tan parecido a los desiertos de Buzzati, tan similares a las laberínticas angustias de Kafka. Es estar dispuesto a despojarse de todos los preconceptos, seguir a Viel en su itinerario poético, en su vida de versos de mar y cielo atada a los tobillos por un hilo de carne humana. Un ejemplo de esto es "Hospital Británico", su último libro escrito en 1986, año en el que estuvo internado en una clínica del mismo nombre, la poética puede leerse como un diario de la enfermedad. En su estructura, ostenta una cronología alterada, marcada por fechas que no se suceden y por lugares que le son familiares.
"Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme / Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo". (Hospital Británico, 1986)
Ya en el texto, se trata de un hombre antes que un poeta. Si pudiéramos verlo, anticiparnos a sus movimientos cuyo patrón de carácter imaginamos aprehendido con el correr de los años, observados atentamente por la mirilla de la aguja que atraviesa la tela, que atraviesa la carne, nos resultaría impensada su dedicación al cuerpo-poema.
Esa aguja que es Viel sutura aquello que, en otros poetas y poesías, se llama "salir a buscar mundo por ahí". La del escritor, es una zona verbal "cerrada al vacío", donde el contraste entre el mar inabarcable y el cuerpo, no es más que un patrón de comparación que nos ayuda a dimensionar el dolor inicial de ser hombre, es decir, de ser una criatura mortal.
"Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo"
"Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa lentamente y que de nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones". (1978)
Y luego sí, viene la poesía, el análisis, porque le ha sido dada la palabra. Pero sucede algo, que es en sí mismo extraño al corpus de la literatura. El poema se vuelve una masa informe y viva. No está ligada a ninguna otra identidad más que a sí misma. Como bien marca Juan Pohls, en su análisis sobre Hospital Británico, con Viel Temperley, la relación natural entre el poeta y la obra se subvierte. Existe un "extrañamiento" del yo y una "autonomización" del poema como cosa disponible y desconocida. El poema no se toma el trabajo de explicarse. Se trata de algo que respira, un ser vivo que uno puede encontrar caminando por las playas del sur –el sol poniéndose en el horizonte, el viento helado, un perro que ladra y se revuelca-. De esa segmentación hablábamos al comienzo. Para comprobarlo, basta leer dos de sus libros-poemas "Crawl" y "Hospital Británico".
En los trabajos de Viel, los tópicos "nadar", "cavar" nos dan la pauta de la valoración del hombre por el hombre. Su poesía cabe perfectamente en la porfía de una religión y de una espera. Viel "reza", "nada" y "espera" amurallado en el cuerpo de una especie de deportista, que busca, paciente, la hazaña. No hay lirismo que lo entusiasme tanto como para abandonar la escritura desde lo físico. Sus pulmones se hinchan con el aire marino pero ansían la respiración torcida de boca y cabeza mientras se lleva a cabo la brazada del crawl que remonta la ola.
"Se nubla y se desnubla. Me hundo en mi carne; me hundo en la iglesia de desagüe a cielo abierto en la que creo. Espero la resurrección espero su estallido contra mis enemigos- en este cuerpo, en este día, en esta playa. Nada puede impedir que en su Pierna me azoten como cota de malla -y sin ninguna Historia ardan en mí- las cabezas de fósforos de todo el Tiempo."  
Así, somos los lectores que Viel siempre quiso. Aquellos que están dispuestos a entrarse en las profundidades mismas del océano –ese océano que busca la playa en su eterno romper de olas-. Somos aquellos que deben dar brazadas en forma frenética pero con la decisión incondicional del que se sabe poseedor de una fuerza que proviene de la invocación divina, para seguirlo, a él, al poeta, en su condición de hombre, de profeta, del Cristo que siempre será.

En: http://www.con-versiones.com/nota0288.htm

Dijo Eduardo Milán:

1. Héctor Viel Temperley no es autor sólo de Hospital Británico (1986). Pero en ese libro está Héctor Viel Temperley, el esencial. Lo que sorprende es que, tal vez por eso: para mantener una esencia que en el texto es también textualidad, modo de hacer textual, el Hospital reitere fragmentos de otros textos anteriores. Y es la noción de materialidad, no tanto de textualidad, la que deslumbra en un autor que insiste una y otra vez en la condición religiosa de su poesía. Más bien: realidad religiosa de su poesía. ¿Cuál sería la otra, la alternativa de convencimiento para la conmoción, que pudiera proponer un libro escrito en estricto sentido contrario de su medio ambiente poético –la Argentina, América del Sur, la lengua castellana de los años ochenta del siglo XX? ¿Qué opciones para expresión, revelación de una experiencia mística, trasmisión de una creencia, ofrece un mundo carente a gritos de una verdadera ecología del cinismo? Para un escucha a medio hacer –el nuestro, indeciso entre nacer y no nacer de nuevo, de una vez para la palabra o remendar, suturar a la palabra para un nuevo oído- la verosimilitud de la experiencia es condición de realidad. El sujeto puede saltar en pedazos. Pero al margen de la literatura, del artificio y del filtro implacable del lenguaje, lo vivido extraordinario es demandado para su recepción como un vuelo a media altura, nítido de visibilidad, casi palpable. ¿Qué dolor seduce con la mención de la palabra “Dios” y de una postal de Christus Pantokrator? ¿Qué quiere decir eso cuando el alcance de una palabra, aún de esa palabra, en un tiempo y al mismo, alta, total, rica y austera en su ausencia, es de mesura insegura? Pero ese es, en todo caso, el punto de inflexión entre la palabra y el mundo, aunque esa palabra haya tenido de su lado el prestigio de un largo mundo y que el largo mundo haya tenido de su lado el favor de esa palabra. Poesía no es sólo relación entre palabra prestigiosa y mundo que se va suspendiendo en el tiempo hasta tocar violentamente tierra. En el tiempo o en el espacio, poesía es poesía de un tiempo y de un espacio, tal vez para muchos, tal vez para menos. Desde esa lógica exige. Introducir, en el marco fuertemente caótico, babélico –pero de un babelismo sin fuerza dado no por avidez de coexistencia sino por multiplicación de régimen productivo- un texto que arrastra la anterioridad de los textos de un autor concentrado en un núcleo místico-curativo y hacerlo pesar en el mal armado contexto poético del momento aquel –del que no estoy seguro que la poesía latinoamericana haya salido- es una proeza, lo cual, en un continente socializado pendularmente de la promesa a la promesa, es sinónimo de alta calidad.

2. ¿Cómo estaba el medio ambiente poético?
Llamo “medio ambiente” poético latinoamericano a lo que algunos sociólogos y críticos se devocionan en llamar “contexto poético”: hábil movimiento de pinzas de la sociología de los años sesenta para hacer caer dentro de esa cerca a toda aquella producción poética circulante en esa temporalidad, desde la manifiestamente volcada hacia el futuro-en progreso (la transformación social y política de nuestras sociedades según las reglas más o menos explícitas de la razón utópica) como aquella reacia -por más de un motivo: formal, temático, intemporal- a toda casilla. La poesía tiene una devoción ecológica de la cual la sociología literaria carece. Esa tendencia a posicionarse ecológicamente de la aventura poética debe, a veces, luchar contra distintas maneras del acecho. Entre ellas, la histórica. No la historia como visión estructurada del mundo como devenir-transformación para el ser humano. No: el uso del discurso histórico como coartada para la limitación y estrechez de miras de todo fenómeno cultural y creativo que no se ajuste a los parámetros de esa preceptiva que adquiere caracterización moral exclusiva y excluyente durante la década de los sesenta en América Latina, como si la lucha por el cambio trajera consigo el peligro siempre latente de un desborde incontenible en las esferas de la creación y de los sentidos. La poesía latinoamericana padeció fuertemente esa presión cuando no se ajustó a lo que se consideraba participación clara y abierta en el proceso de cambio. En esa consideración coactiva cabía toda gama de matices pero básicamente se definía por uno: el rechazo a toda práctica artístico-poética que no fuera “comprensible” y, por lo tanto, desalienante en relación a prácticas poéticas vinculadas ideológicamente al mundo que se quiere transformar. Se excluían así del horizonte de “lo comprometido” todo tipo de experimentación verbal-formal que pusiera la tónica en la formalización misma. Análogamente, en el plano del “contenido” (construcción binaria, la de continente y contenido de los “mensajes”, muy presente en esos días de realidad tumultuosa) se toleraban poco construcciones poéticas que no constituyeran temáticamente alternativas de mundo. Un poeta, a mi modo de ver, de indiscutible calidad como Ernesto Cardenal era leído al margen de su conciencia poético formal siempre abierta, coloquial-exteriorista y en busca del afuera poético, y también al margen de su devoción religiosa. Simplemente, Cardenal era un escritor –como todo escritor lúcido y humanamente apto- que apostaba por la transformación. Pero con una diferencia muy marcada en su práctica: Cardenal no perdía de vista la libertad de su razón poética. No se escribe todavía la crítica de la razón transformadora en América Latina de las décadas sesenta-setenta desde el ángulo del impacto causado por las distintas realidades en juego en el cuerpo de la producción simbólica. Por un hecho reiterado más que por una cuestión poderosa: la de que el impulso y la realidad transformadoras riñen, desde la Revolución Soviética, con manifestaciones artísticas que presenten el modo de construir las creaciones simbólicas desde una radical alteridad. Cuestión de tiempos: toda alteridad parecería estar en el mundo por venir, no en las creaciones artísticas del presente en tránsito. Estas consideraciones que parecen alejadas de una poesía como la de Viel Temperley pueden centrar en esa obra, por retracción temporal, de otro modo la mirada.

3. ¿De qué forma actúa Viel Temperley allí?
Para una poética como la de Viel Temperley el medio ambiente poético no era propicio. Aunque habría que ver qué ambiente de recepción es el propicio para la poesía, por ejemplo, concentrada de Hospital Británico. Si el convulsionado entorno real de América Latina no era el propicio para la poesía de Viel Temperley tampoco podría serlo ningún ambiente que proyecte un arte en trasformación. La discusión abierta sobre el futuro del arte, sobre el fin del arte, sobre la posibilidades del arte poético no saben qué hacer con una poesía que, finalmente, se propone mediante una experiencia de alto voltaje de subjetividad transmitir algo, una sustancia ubicada en una región del tiempo donde no llega la historia pero tampoco la historia presente de la convulsión de las formas del arte. Una poesía que tenga una referencia permanente en cualquier tipo de religión no sólo se sitúa en un margen de la historia de Occidente desde el siglo XIX, al margen de todo nihilismo y al margen de toda consecuencia del pensamiento romántico en sus derivas evolutivo-formales. Si las formas son históricas como proponía Friedrich Schlegel una formalización acorde con nuestro tiempo pasa por la problematización de la forma. Se situará al costado del giro sobre el arte que proyecta la modernidad que emerge de manera radicalmente crítica de sí misma en manifestaciones claves como las vanguardias estético-históricas de las primeras décadas del siglo XX. En pocas palabras: la poética de Viel Temperley no encuentra en el ámbito que proyecta la modernidad lugar por ninguna parte. Sólo puede una poética trascendente, aunque enclavada en la cotidianeidad más rigurosa y empecinada –es decir: en el escenario vivencial propio de la poesía moderna post-romántica que no puede prescindir de la urbanidad como base de toda experiencia- encontrar su posibilidad de manifestación en la excepcionalidad de la circunstancia –una intervención quirúrgica en el cerebro- y en la excepcionalidad de un lugar donde situar el discurso de su propia posibilidad, un lugar apartado que cobija la enfermedad: un hospital. Dolor y soledad límites. Es lo que transmite Hospital británico. Por más que Héctor Viel Temperley en sus consideraciones sobre su poema amplíe el marco de su significación ratificando, con cierta humildad, con cierta distancia y con cierto realismo que Hospital británico “estaba en el aire”. Y tal vez sea cierto, tal vez en la década de los ochenta en la poesía argentina, en la latinoamericana, en la poesía de lengua castellana, estuviera en el aire la necesidad de un texto poético límite que pudiera sortear la inclinación a la recaída en las líricas del retórico dolor, en las líricas de la abstracción conceptual polarmente alejadas de la experiencia cotidiana del lenguaje hablado, y de las líricas de trascendencia segura, ávidas de tantos mundos más allá como desertoras de esta realidad. Y, a la vez, el mismo aire albergara la urgencia de traernos la experiencia del poema trabado lingüísticamente con la existencia del humano en soledad radical, suspendido tanto de enjuiciamientos como de afirmaciones para, una vez más, “empezar todo de nuevo”.

En: http://www.confinesdigital.com/conf36/la_necesaria_provocacion_de_hector_viel_temperley.html

Cuatro poemas

El nadador

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arrollos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.

Qué calor hace, madre

Qué calor hace, madre.
Quiero inyectarme un poco
de agua helada
en la vena del brazo.

Hasta en los cielos últimos
necesita beber agua
la carne.

El verano en que resucitemos
tendrá un molino cerca
con un chorro blanquísimo
sepultado en la vena.


Vengo de comulgar y estoy en éxtasis

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis,
aunque comulgué como un ahogado,
mientras en una celda
de mi memoria arrecia
la lluvia del sudeste,
igual que siempre
embiste al sesgo a un espigón muy largo,
y barre el largo aviso
de vermut que lo escuda
con su llamado azul,
casi gris en el límite,
para escurrirse por la tez del mundo
hacia los ojos de los nadadores:
dos o tres guardavidas,
dos adolescentes
y un vago de la arena que cortaron
con una diagonal
el mar desde su playa.


Bajo las estrellas del invierno

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer --volaban los chimangos!--
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre...

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo...

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste...
En fin...
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece
Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin...
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin...
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba
con una pistola en el puño sin tener donde afeitarme









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