lunes, 8 de agosto de 2011

Osvaldo Svanascini (1920)




Dijo Julio Llinás en Querida vida (2005. Buenos Aires , Editorial Sudamericana):

Mi amigo Osvaldo Svanascini es escritor, pintor, orientalista, crítico de arte, editor y académico de bellas artes. Ha escrito y publicado alrededor de setenta libros y tiene varios en preparación. Duerme tres horas diarias, viste camisas hawaianas, nunca estuvo enfermo y siempre está de buen humor y lleno de proyectos. Svanascini tiene ochenta años y acaba de ser padre de una niña.

Dijo Alfredo Andrés:

Samurais; gheisas y casa de té de la luna de agosto difundieron, a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, una imagen falsa y distorsionada del Japón. Flaco favor que le prestaban a una nación de cultura tan exquisita como milenaria, cuya magritud había comenzado, quizás, mucho antes, merced a la nefasta acción de los que reemplazan las nociones profundas por un pintoresquismo barato y periférico. El otro Japón, paradojalmente, es una respuesta frontal a todo eso al dibujar un rostro cierto y excitante del Japón verdadero, actual y viajero del tiempo al mismo tiempo. Osvaldo Svanascini, su autor (poeta, narrador, pintor y orientalista), es un agudo conocedor de su personaje. Su libro, una especie de enjundiosa y apretada síntesis que, fruto de los innumerables viajes de Svanascini al Japón, propone, más que un acercamiento, una inmersión en una cultura poco o mal conocida.

TRES POEMAS Y UNA PEQUEÑA PROSA POÉTICA:


V

CIRCUNSTANCIA de espera para el mundo del ojo
en donde la ciudad duerme su póstumo sueño.
Ahora superamos la vigilia de los disgregados minutos
en la que nuestro humanismo repetía su consigna
y en donde los sarcófagos dibujan a la muerte
despidiéndose del tiempo con la mano detenida.

El recuerdo ha quedado con la boca desterrada
en medio del paisaje. Una estatua grita
la gestación de su piedra moribunda.

La soledad detiene la dimensión de la palabra.

Una línea se vuelca ahora y nos dibuja hacia siempre.

De FRAGMENTOS DE LA MUERTE (1948: Buenos Aires: Editorial Centurión)


PABELLÓN DE LA PERLA (Kyoto)

A las nueve la humedad de las plantas vuela
entre las arrugas de la frente. Bajo la tierra
una oreja detiene su ritmo
y en la casa pequeña de los tés apretados
un señor se inclina para saludar a los grillos.
El silencio es el cuarto invitado
que coloca su sombrero de aire
su mano de arroz su ojo de rocío
y sonríe con su dedo
sonríe con la soledad que baila en sus dientes
y después toma la forma de una mano.
Me doy cuenta que no estoy allí
que es imposible también que pueda irme
que he de olvidarme para siempre
que afuera los dragones han perdido sus disfraces.

De POEMAS DEL ESTE (1961. Buenos Aires: Colombo)


AUTOEPITAFIO EN CIUDAD LEJANA

PASEANDO ENTRE TEMPLOS ME ACORDÉ DE MORIR
Sólo por cumplir con la vanidad del recuerdo.
Y me sentí sin las voces que me hacen falta
Sin dedos disimulando los atardeceres
Sin el olor de los cuerpos que respiraban conmigo.
Y quise retornar desorbitadamente
Aunque todo estaba cerrado y clausurado
Pero no fue necesario porque con dar vuelta los ojos
Pude leer el pasado perder los rubores
O usar las melodías para encontrar al dueño
De las calesitas de azúcar y rocío.

De MEDIDA DE LA REPULSA (1967. Buenos Aires: LOSADA, S.A.)


Beppu

El barco sale del puerto de Kobe. Atravesará el mar interior y por la noche llegará a Beppu. Es un mar diferente a los muchos conocidos. No tiene la diafanidad del Mediterráneo o la fuerza del Atlántico. Es una franja del Pacífico que pasa entre las islas Shikoku, Honshu y Kyushu. Cientos de pequeñas islas – a veces un montículo de tierra con vegetación- surgen en un itinerario de diez horas, mostrando reflejos, pinos caprichosos de forma, una fisonomía que en todo caso es serena y diferente. Ese toque singular o la fascinación de este paisaje, tiende a hacer demasiado elaborada la descripción. Sin embargo, este makimono vivo es tan simple que debe pensarse en estados de ánimo para acercar su gracia. En Beppu, un ryokan. Sumergido en los futones, sobre el tatami, el sueño es más ajeno a las cosas que de costumbre. Además, el dormitorio – ese espacio tan desperdiciado en occidente- se convierte en una sala aprovechable con sólo esconder el confortable y delgado colchón. Los espacios son bien funcionales. El agua y los peces del estanque, pasan por debajo de la construcción y, en la mañana, corriendo lentamente la separación de madera y papel, se golpean las manos y las carpas de color acuden para saludar al viajero. Beppu es también el lugar de los “infiernos”, pequeños o grandes agujeros por donde escapan los vapores y los chorros de agua hirviendo, tan beneficiosos para algunos tratamientos. Un excelente acuario, un bosque al que acuden numerosos monos que bajan de la montaña, y un museo en el que anida una especie de sirena, extraída del mar o de entre las cenizas, parecida a un manatí, cuyo rostro viejo está presumiblemente destruyendo el mito del pasado. Un pueblo sumamente quieto, alejado de las cosas demasiado febriles del mundo, desde donde se puede pensar en lo que se ha dejado lejos, en muchos amigos con los que hablaríamos ahora, y a los que nunca nos atrevemos a confesar que queremos. Porque, naturalmente, los grandes elementos y estructuras de la civilización, cohartan muchas veces, este atreverse a ser diáfanamente transparente. Volvemos, recordando la íntima grandeza del mar interior, la quietud de las noches de Beppu, y nos enderezamos para continuar con la debida y displicente sobriedad.

De El otro Japón (1975. Buenos Aires: Lumen Latinoamericana)

Retrato de Osvaldo Svanascini por Antonio Berni y dibujo del autor.

1 comentario:

  1. Aparte de mal escritor, cuando estuvo en el Museo de Arte Oriental, se choreó unas cuantas piezas de muy alto valor.
    A ver muchachos, si ejercitan un poco la memoria y no publican a los delincuentes.

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