viernes, 12 de agosto de 2011

Nicolás Olivari (1900-1966)



Dijo Alejandro Farías:


La posición que ocupa Nicolás Olivari (1900 – 1966) dentro del campo literario de su generación es sumamente original. Frente a los dos grandes referentes estéticos e ideológicos de la época que constituyen los grupos de Boedo y de Florida, Olivari “representa una síntesis superadora del conflicto artepurismo / arte social que parecía dividir a los poetas de ese momento”(1) Frente a esa compleja relación entre práctica social y práctica literaria que tensiona las direcciones de ambos grupos, la poesía de Olivari se coloca a contrapelo de aquellas posturas. Su literatura articula la temática naturalista de Boedo con la resolución formal que importa la vanguardia y que se centraliza en la categoría de lo nuevo, haciendo eco de la cultura de la mezcla que impera en Buenos Aires: “modernidad europea y diferencia rioplatense, aceleración y angustia, tradicionalismo y espíritu renovador; criollismo y vanguardia”(2)

En sus libros, Olivari mantiene “el compromiso verbal con la problemática humana existente”(3) y, en consecuencia, el referente permanente de sus textos no puede dejar de ser Buenos Aires y sus calles: “Nunca te me acabarás Buenos Aires / y me darás tema para rato...” (4)

No se trata, sin embargo, de una obstinada insistencia por reflejar su ciudad, sino de refractarla, esto es, de orientarla y recortarla en una dirección y bajo una mirada particular; en palabras de Juan Pinto: “Olivari se mueve en un mundo poético como quién siente vergüenza de cantar a las rosas existiendo en el pozo del mundo tanta negrura, tanta fealdad, tanta hambre y tanta cosa oscura negando el espíritu del hombre”(5) El referente de Olivari es Buenos Aires, pero privilegiando la zona marginal y lumpen, y no porque se ocupe de describirla, de llevar a cabo un meticuloso registro costumbrista sino porque el yo lírico se la apropia, la torna elegía. No se tematiza la zona marginal de Buenos Aires, se la transforma en protagonista.

(1)Eduardo Romano y el Seminario Raúl Scalabrini Ortiz, “artículo” en Las huellas de la imaginación, Buenos Aires, Puntosur editores, 1990, p. 98

(2)Beatriz Sarlo, Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1988, p. 15.

3)Eduardo Romano y el Seminario Raúl Scalabrini Ortiz, Op. Cit., p. 99

(4)Nicolás Olivari, “Canción de los libros futuros”, en La musa de la mala pata – El gato escaldado, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina S. A., 1992, p. 117

(5)José Isaacson, citado en “Prólogo”, en Op. Cit.





(En Mujer, muerte y ciudad en Nicolás Olivari

http://www.elinterpretador.net/Mujer,%20muerte%20y%20ciudad%20en%20Nicol%E1s%20Olivari.htm )

Dijo Horacio Eduardo Ruiz:


El año 1922 es una fecha clave para consolidar la visión olivariana sobre la cultura latinoamericana y, sobre todo, para intentar una renovación en la literatura argentina.

Su viaje a San Pablo, en el marco de la Semana de Arte Moderno, le posibilita al joven de veintidós años descubrir una constelación de intelectuales con quienes se identificará. Fundamentalmente, con el iniciador de aquel movimiento contestatario, José Benito Monteiro Lobato (1882-1948), el cuentista brasileño autor de Urupes y con su a látere, el "bolcheviqui" (sic) Alfonso Schmidt. En la revista Martín Fierro (año 2, número 23, 1925) relatará aquella experiencia: "Pasaron ya tres años desde esa Semana famosa, pero los alaridos y patadas y cascotazos que amenazaban derrumbar el fastuoso edificio del Teatro Municipal, se trocaron hoy en aplausos (...) Creo que en ninguna otra nación de Sud América se verificase un hecho tan curioso que llamara sobre sí mismo la atención colectiva".

En un número anterior de la revista dirigida por Evar Méndez el poeta afirmaba que "la llamada de Lobato -el nuevo girondino- reunió junto a su roja bandera a todos los audaces y a todos los inquietos que esperaban al caudillo (...) Fue entonces, en 1922, que apareció, con espectacular ruido de truenos y centellas, la 'Semana de Arte Moderno', cumpliendo el programa de los independientes de Ipiratininga" (Martín Fierro, año 2, número 22, 1925).

La respuesta de Olivari, coincidente con la propuesta paulista, se pone de manifiesto en la introducción a El gato escaldado (1929) cuando proclama "que todos se sacudan, como el perro cuando sale del agua, de los pesados mitos literarios y poéticos".

Esta actitud no fue un mero épater le bourgeois o una moda a la derniére sino que, desde La amada infiel se había inoculado en Olivari el germen de la insurrección. Más tarde diría Jorris K. Huysmans en su prólogo a La musa de la mala pata (1926) que "hasta la imperfección le gustaba con tal que no fuera parásita ni servil, y acaso hubiera una dosis de verdad en su teoría de que el escritor subalterno de la decadencia, el escritor todavía impersonal, aunque incompleto, alambica un bálsamo más irritante, más aperitivo, más ácido que el artista verdaderamente grande, verdaderamente perfecto de la misma época".

El estudioso de Francois Villon agregaba: "Entre los turbulentos esbozos de esos escritores era donde se advertían las exaltaciones más sobreagudizadas de la sensibilidad, los caprichos más morbosos de la psicología, las depravaciones más exageradas del lenguaje, obligado en último término a contener, a arropar las sales efervescentes de las sensaciones y de las ideas".

El decadentismo de Olavo Bilac, poeta brasileño de gran perfección técnica, se había transformado en revolución con el "grito de Ipiranga" de Monteiro Lobato. En nuestro país, Olivari es el continuador de la tendencia brasileña, quizás el primero en tomar conciencia de la necesidad de "ganar la difícil batalla de la Verdad sobre la Retórica", según la opinión de Guillermo Díaz-Plaja.

Desde y a través de su vivencia del 22, Nicolás Olivari expresa la necesidad de cambio: "Nosotros estamos en las postrimerías del período plutocrático y en la aurora de nuestra independencia artística. San Pablo crea, por la actuación gallarda de sus artistas nuevos, su autonomía mental (...) El terremoto literario sacudió la vieja costra formada por una cultura de mimetismo secular, estremeciendo todas las conciencias. San Pablo es la nuca del arte nuevo y al lado de los elogios más calurosos no nos ha faltado por fortuna la lluvia de fuego de las diatribas y de los insultos" (Martín Fierro, año 2, número 22, 1925, el sub. es mío).

La Semana de Arte Moderno, se constituyó, de tal manera, en el Rubicón olivariano.

(En Nicolás Olivari o la amargura almibarada del artista


http://www.margencero.com/articulos/articulo_olivari.htm )

Soneto bien inspirado y mal medido

Esta muchachita de labios pintados,
melena, vestido vistoso, sombrero castor,
es cajera en una casa de peinados
y conoce el neologismo trágico: ¡control!

Cumple su horario como una hormiguita,
con los de la Casa es perfectamente casta,
y ciérrales el escote con dos cintitas
y tiene en su media una raya de: ¡basta!

Pero sabemos que visita casas sospechosas,
hace unos días que está muy ojerosa
y esta mañana... ¡vino tan tarde!

Ella es honesta en su Caja, pero resulta una ganga
hacerle un recordatorio corte de manga...
...¡Pst!... todo macho es un cobarde.

(de El gato escaldado,1929)


La aventura de la pantalla


¡Claro!, ahora no vale la pena recordar...
Ahora tengo un alma aviesa de malandrín
-medio comerciante, medio grumete-
pero a veces conviene rascar el violín
del verbo amar
en pasado ya, grácil midinette.
Estoy en la ventana del recuerdo
-viejo lobo de mar-.
¿Qué añejo amargor enverdece el espejo
en la desolada taberna del arrabal?
Eran crepúsculos abiertos como heridas
que enconaba mi nostalgia de ver el mar
-yo fumaba un tabaco exótico de capitán-
y corría la aventura contigo por querida
por las huecas tabernas que a veces desfilan
en la solitaria sábana del cinema del arrabal...
La taberna, el mar y quizás tu carne eran de utilería-,
¿Y la melancolía?
¿Esa vieja provinciana,
beguina enana,
con la poesía pasadista por capuchón?
¿Y la embriaguez acre que agarré junto al depósito?
¡Cómo me emborrachaba el olor a pescado!
y te llevaba a propósito
por los muelles... por los muelles...
Mi corazón
-vieja barcaza que hace agua-
rolaba por el borde de tu enagua
que a veces era blanca como la espuma del mar.
¿Quién como yo gozó en poesía de la sinecura
de fumar en la pipa de la real aventura?
Y en su humo, países, países en toda la oscura
sentina musgosa del cinema del arrabal...
Después vino la lógica del pan
nuestro de cada día,
vos te fuiste al hospital,
yo iré algún día,
y mientras tanto
¿para qué el llanto
si me calafateo con la brea de la melancolía?
¡Ahora amo a las mujeres de ojos grises
como el acero que domina en la ciudad!
¡La ciudad!, ¡la ciudad!, la ciudad
tiene en sus calles a todos los países
de mi sensualidad.

En ómnibus de doble piso, voy en tu busca...


Frente al surco de nubes en el campo
del cielo triste de la gran ciudad,
la mortecina luz de mis ojos paso
desde el heroico techo de la imperial.

Desusada viñeta de la melancolía,
el paisaje lacio pende de los hilos
como un periódico ilustrado. Amada mía
aquellos versos, ¿recuerdas?, dilos
con tu voz recogida, tan blanca y tan fría...

Te busca mi mirada de piloto errabundo
desde el heroico techo de la imperial. ]
¿Dónde estarás ahora? ¿En qué lejano mundo
nuestras pequeñas almas unidas volarán?...

¿Almas?... la tuya era... ¡ah! enfermiza coqueta,
nervios atados por la sed sensual,
la mía era... ¡ah! pobre pantomima de poeta
encaramado en el techo de la imperial.

¡Oh! la cara ojerosa de esa casa vieja, y verde
por la tímida hiedra como una verde lepra,
cariátides de nariz rota que el frío muerde,
y mustio como el despertar un rosal trepa...

Todo desde el techo de la imperial
se ve; y a ti no te veo, y a ti no te hallo
y empero eres un producto de ciudad,
flor de trapo, y fue tu tallo
la cuerda donde saltabas en tu mocedad.

Pero no vengas, ¡oh, no!, ¡si vieras qué frío
hace en el destartalado techo de la imperial!,
si vieras las cabriolas de la luna sobre el río
no descenderías jamás...

Y, sin embargo, eres cual yo: «soñadora lunática»
carita de yeso pintada por la enfermedad,
yo te he desnudado, plateada y extática,
ante la luna enferma de la ciudad.

Pero no sabes, y tampoco sabes que voy de ti en pos,
eterno en tu búsqueda hacia la eternidad,
te encontraré un día cuando tu cavernosa tos
como un pájaro aciago su círculo haga,
-con algo del rito de una vieja maga,
sobre el destartalado techo de la imperial.

Canto de la dactilógrafa


Muchacha...
Abullónate los rizos delante del espejo,
-quizá ganes sesenta pesos al mes-
la miseria te obligará a mostrar la hilacha;
escucha este consejo:5
entrégate a un burgués.

¡Si será imbécil ese muchacho que te acompaña!
-Cuarenta cuadras a pie y además sus versos.-
¡No, no, nunca! ¿Pasar la vida por las lecherías,
sostener un amor sentimental con las manos frías
para nunca lucir un par de medias color champaña?
¡Sentir en tu nuca los suspiros diversos,
de los que te desean, te buscan, te quieren comprar!
Véndete lo antes posible y al mejor postor;
ya es hora de cambiar tus alhajas de similor;
¡a ese mozo lírico mándalo a pasear...!
-«Princesita de mis sueños azules
envuelta en los raros, joyantes tules
de mi querer...»
Música sentimental, amigo mío.
-«En la calle, ¡oh! mi amado, hace tanto frío
y tengo tantas ganas de comer...»
¿Qué? ¿Diez horas de trabajo en la oficina
no te han llenado de rabia todavía?
¿Qué esperas para entregarte? ¿Qué mezquina
puerilidad te ata al pálido poeta?
Sí; es un artista, un genio, un gran esteta.
Sí; es autor de un drama que nunca han de estrenar.
Lo sé, hace unos versos que te hacen llorar.
¿Qué más? ¡Te ama, te ronda, te exige, te cela
y sabe que la vida es una novela
que no se atreve a escribir...!

Tendrás que sucumbir: te lo dice la leyenda,
siempre así terminan las tragedias
del cómico vivir,
y si te detenías ante la mala senda
protestando de tu amor,
era porque tenías rotas las medias
y pensabas de las sendas elegir la mejor.

Y caíste. ¡Bien! ¡Hurra! ¡Aleluya!
Es muy lógica esa satisfacción tuya:
tu antigua vida es ya una lejanía...
Adiós el mostrador, la miserable faena,
el suplicio de la máquina, el sufrimiento mudo,
¡qué bella persona es tu burgués panzudo...!
¡Ah! el pálido poeta ilustra «Noticias de Policía»
se ha pegado un tiro... pero eso no vale la pena...

Empero (en toda tragedia hay un empero
que los modernos tiempos obligan a terminar ligero)
por más que a tu caída la elogie la razón,
por más que por la senda te empuje la miseria,
tu caso es cosa seria
y un vago sufrimiento me llega al corazón...
Es cierto, tu paso era obligado,
pero si no lo hubieras dado...
¡ah la incorregible manía de la ilusión...!

Cara ex-dactilógrafa, actualmente prostituta,
tu caso es un simple caso de permuta
en la bolsa social,
te hemos perdonado porque al cabo tú eres
idiota como lo son todas las mujeres,
menos mamá...


(De La musa de la mala pata, 1926)



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