martes, 5 de julio de 2011

Francisco López Merino (1904-1928)


Dijo Jorge Luis Borges:

Si te cubriste, por deliberada mano, de muerte,
si tu voluntad fue rehusar todas las mañanas del mundo,
es inútil que palabras rechazadas te soliciten,
predestinadas a imposibilidad y derrota.

Sólo nos queda entonces
decir el deshonor de las rosas que no supieron demorarte,
el oprobio del día que te permitió el balazo y el fin.

¿Qué sabrá oponer nuestra voz
a lo confirmado por la disolución, la lágrima, el mármol?
Pero hay ternuras que por ninguna muerte son menos:
las íntimas, indescifrables noticias que nos cuenta la música,
la patria que condesciende a higueras y aljibe,
la gravitación del amor, que nos justifica.

Pienso en ellas y pienso también, amigo escondido,
que tal vez a imagen de la predilección, obramos la muerte,
que la supiste de campanas, niña y graciosa,
hermana de tu aplicada letra de colegial,
y que hubieras querido distraerte en ellas como en un sueño.

Si esto es verdad y si cuando el tiempo nos deja,
nos queda un sedimento de eternidad, un gusto del mundo,
entonces es ligera tu muerte,
como los versos en que siempre estás esperándonos,
entonces no profanarán tu tiniebla
estas amistades que invocan.

(A Francisco López Merino, de Cuaderno San Martín, 1929)



Dijo su sobrina, Estela Calvo de Reca:

Minucioso, exigente con su propia apariencia, coleccionista de corbatas y sombreros, era amigo de charlas nocturnas de café y de club... También es alegre en su correspondencia, ingeniosa y comunicativa... Lo es en los folletos, que imprimía precariamente en algunas tradicionales y ya desaparecidas librerías con trastienda... Si analizamos las circunstancias que rodearon su vida... más difícil fue y será aceptar la decisión de su muerte. Sin embargo, se mata. Tenía 23 años. Esa actitud, ese momento, ese instante en que la atracción de la sombra supera el derecho o el esfuerzo de vivir... fue, en la inexorable decisión de su destino, su última pasión de autenticidad...

Dijo Guillermo Pilía:

Después de Almafuerte, quizás es Francisco López Merino (1904-1928) el primer poeta platense de trascendencia nacional. La obra de López Merino se reduce a dos títulos: Tono menor, de 1923, y Las tardes, de 1925. Después de su muerte, sus amigos reunieron en un tomo estos dos libros y sus poemas inéditos. Su breve obra ha sido relacionada con Musset, con Samain, con los poetas del simbolismo. Hay en sus versos una leve tristeza confesional y una pulcra tendencia a recrear el paisaje como "estado de alma" que lo acercan a actitudes románticas, a la vez que el equilibrio formal, en estrofas y vocablos, lo aproxima al rigor modernista.

(En http://www.eldia.com.ar/especiales/127aniversario/plata.htm)

Dijo Marcela Ciruzzi:

...fuera de los claustros escolares, Panchito era un excelente lector, de gustos exquisitos, notoriamente afrancesado. Siempre se lo veía con un libro bajo el brazo dispuesto a ‘saborearlo’. Con frecuencia leía en francés, idioma que aprendió a traducir y a hablar prácticamente solo. Reunió una biblioteca de valiosos volúmenes de sus escritores preferidos: Francis Jammes, Albert Samain, Paul Valéry, Alfred de Musset, Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Théodore Banville, François Coppée, Stéphane Mallarmé, Gustav Verhaeren, Maurice Maeterlinck, Jean-Jacques Rousseau, Max Elskamp, Henri Frédéric Amiel, Guillaume Apollinaire y muchos otros. Y también le fue fácil dejarse subyugar por las figuras más difundidas entonces del modernismo literario: Rubén Darío, Amado Nervo, Juan Ramón Jiménez; y por clásicos como Virgilio o argentinos como Enrique Banchs o futuristas como el italiano Filippo Marinetti o por el cautivante Edgar Allan Poe.

(En Francisco López Merino, poeta niño, 1992)


CUATRO POEMAS

De viaje

Un niño, frente a mí, va mirando el paisaje;
sus ojillos descubren las flores campesinas
y como el tren se lanza por valles y colinas
este niño se llena de emoción en el viaje.

Silabea palabras que apenas oigo, asombra
esa mirada suya penetrante y tranquila,
se dijera que ansía que su clara pupila
aprisione los bellos pormenores que nombra.

Los demás, abstraídos, el paisaje olvidamos.
El pensamiento nuestro cesa de hilar, reposa...
Yo me he dicho ante el niño que admira el cielo rosa:
él es el más poeta de los que aquí viajamos.

Calle

Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde nunca pasó otra alma
que no sea la del viento...
Las nubes se detienen a mirarla
con sus ojos etéreos,
y saben, por la ausencia de las hojas,
si está en ella el otoño o el invierno.
Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde caminé tantos domingos
con mi pequeño huerto de recuerdos...
Cuando yo muera, amigo, habrá quedado
en esta calle lo mejor que tengo:
El rosal escondido de mis penas
y la música vaga de mis sueños...

Las Tardes

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué lago
invisible y lejano recogerá tu imagen?.
Líquido estremecido por un perfil tan vago
se tornará sensible cuando los astros bajen.

Temo quebrar la magia de tus vírgenes sendas
con la torpe palabra que mi labio pronuncia.
Tendré que ser más leve para que me comprendas,
o tú bajar al mundo como agua que renuncia.

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué brisa
se lleva tu silencio cargado de leyendas?.
De paisajes soñados se nutre tu sonrisa
Tendré que ser más leve para que me comprendas.

Mis primas, los domingos...

Mis primas, los domingos, vienen a cortar rosas
y a pedirme algún libro de versos en francés.
Caminan sobre el césped del jardín, cortan flores,
y se van de la mano de Musset o Samain.

Aman las frases bellas y las mañanas claras.
Una estatua impasible las puede conmover.
Esperan la llegada de las tardes de otoño
porque, tras los cristales, todo de oro se ve...

Y vienen los domingos a cortar rosas. Saben
que el eco de sus voces para mí grato es.
Entre las hojas quedan sus risas armoniosas;
ellas seguramente se ríen sin saber.

Mis primas, cuando llueve, no vienen. Dulcemente
aparto los capullos que el viento hará caer;
hago un ramo con ellos y pongo bajo el ramo
un volumen de versos de Musset o Samain.

Busto de Francisco López Merino, La Plata

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