miércoles, 6 de julio de 2011

Luis Franco (1898 - 1988)

Luis Franco por Alejandro Castro.


Dijo Roberto Arlt:

Él, tendido a semejanza del gran Pan en la orilla del mar, hace soñar su caña. Al son de su caña, la naturaleza despierta, las sirenas asoman sus achocolatadas cabelleras entre las rocas, pájaros de metálicos colores graznan en el espacio, peces cartilaginosos abandonan los profundos abismos donde las obscuridades madres incuban los monstruos, los árboles sacuden sus ramas para cerciorarse de que es cierto que escuchan, las flores campanillean stravinskianos acordes disonantes, los ventrudos machos cabríos bajan majestuosamente la falda de los montes, y los hombres que visten trajes por mensualidades y han puesto su ideal en un automóvil, se tapan las orejas o aprietan el acelerador.

(En Argentina libre, Buenos Aires, 1941)

Dijo Oscar Cerruto:

Luis Franco ilustra, ejemplifica esta forma de poesía activa, nacida de ese mundo "de apariencia estacionaria", en cuyo fondo se agitan las "fuerzas depredatorias" de su telúrica horizontal. Ha tocado simultáneamente la madurez formal y la otra, la madurez metafísica, que es la conjunción, la síntesis, de la propia angustia, de la tribulación personal con el drama de la tierra y de la historia.

(En Poesía y verdad de Luis Franco, 1941)

Dijo Pedro Orgambide:

Este hombre es el poeta querido de Lugones, respetado por Banchs, uno de los más altos poetas (el de Constelación) de este idioma que hablamos usted y yo, y es también autor de libros memorables que mañana se llamarán clásicos, como ese Hudson a caballo, esas historias sobre animales, algunas páginas sobre el general Paz...¿Por qué entonces, se preguntará, no vive rodeado de olor de gloria, olor de incienso seguramente? El problema está en que Luis Franco es un desobediente. Admiramos a los próceres porque están en lapiedra y no perturban el sueño de nadie. Pero Luis Franco está en la vida. Ahí está el problema.

(En El Mundo, 31 de mayo de 1960)

DOS POEMAS

Nocturno Nro. 3

Con hambre y sed de soledad,
a estas orillas vino mi corazón nocturno a pastorear sus penas.
Como en el puente de un barco mirando más allá de las olas y la noche.
Junto a mí, con su mano sobre mi hombro,
siempre el recuerdo con sus ojos cansados,
y todas mis lejanías, holladas o vírgenes.
Tú en mí, siempre, como una patria en el pecho de un héroe,
y mis sueños que tienen forma de ala y tienen el color de tus ojos.
Dolorida más que una carne el alma,
y el líquido rumor de la fuente que lava las calladas heridas.

Tu lejanía se aprieta sobre mi ansia y yo arañando en la hondura
quiero desengarzar para mandarte la estrella más latidora.
Viviéndote, maravillosa, en pulso y en respiro,
con la vehemente vigilia de las estrellas hasta el alba velaré tu recuerdo.

De pronto te me apareces…
¿Dónde?
Y cierro bien los ojos porque no te me vayas.
Pero no hay más que tu ausencia, la ausencia que agranda la noche.

(De Insurrección del poema, Buenos Aires Colihue/Hachette, 1979)

Estoy llorando aquí

Estoy llorando aquí
tal como un ojo herido
que vierte sangre y lágrimas a un tiempo:
ay llanto mío.
Llorando por los náufragos de tierra
hinchados ya como un naufragio líquido
y a quienes otro mar, de sal de llanto,
les sorbió con un simple gorgorito
el alma, el alma, el alma
abarcadora de infinitos.
Estoy llorando aquí
con un llanto robado a los abismos
por el niño que moja
su orfandad ya con llanto de cárcel y patíbulo;
por el hombre que nunca tuvo lágrimas
para los otros ni para sí mismo,
y por el llanto que no encontró ojos
que ante la luz lo alzaran redimido.
Lloro por esa equivalencia humana,
oh amigos,
de la lombriz llamada solitaria:
¡el hombre enamorado de sí mismo!
(Quiere pararse, helada,
mi lengua atravesada de veranos y ríos.)
Estoy llorando por el hombre
curvado aún de ocasos y de sueños baldíos,
aun incapaz de pregustar lo eterno
en sus sorbos de efímero,
que imaginó su carne como un luto de su alma
urdido con tinieblas y tramado con frío,
y que aquí abajo aun sigue llorándose en destierro
de un edén cultivado con insomnio y delirios,
mientras vuelve la espalda
al otro que inauguran el rocío y el trino.
Estoy llorando,
ahogando un grito
tan lejano de hondura
que tal vez ya no es mío,
llorando,
por el puñal de sacra traición, el crucifijo,
por el yugo vestido de espada de la patria
y el fervor de la tumba vestido de arzobispo.
Estoy llorando con la sal
de la sangre, el sudor y el llanto mixtos
(quiero infligir al mundo
mi propio escalofrío)
por el hombre apeado a grey para que acepte
el ósculo amoroso del vampiro;
por nuestra sor ramera que esconde como un crimen
su ternura y pudor despavoridos
para que allí los huellen todos
como a umbral de granito.
Estoy llorando
(nada debe quedar en el olvido)
con toda la memoria y el espanto
y los latidos,
como caballo que ante el incendio en la noche
profiere su relincho;
llorando estoy por toda la mujer
que vive aún del saldo de arrodillados siglos
perpetrando con lágrimas ardidas
su propia consunción como los cirios:
lloro por todo el hombre que aun se halla a sus anchas
en la tiniebla arcaica de inquilino,
él, que puede inventarse
cada vez con más numen a sí mismo,
él, padre de los dioses, que lleva su futuro
como envainada espada al cinto.

(De Constelación, Buenos Aires, Silcograf, 1959)

martes, 5 de julio de 2011

Francisco López Merino (1904-1928)


Dijo Jorge Luis Borges:

Si te cubriste, por deliberada mano, de muerte,
si tu voluntad fue rehusar todas las mañanas del mundo,
es inútil que palabras rechazadas te soliciten,
predestinadas a imposibilidad y derrota.

Sólo nos queda entonces
decir el deshonor de las rosas que no supieron demorarte,
el oprobio del día que te permitió el balazo y el fin.

¿Qué sabrá oponer nuestra voz
a lo confirmado por la disolución, la lágrima, el mármol?
Pero hay ternuras que por ninguna muerte son menos:
las íntimas, indescifrables noticias que nos cuenta la música,
la patria que condesciende a higueras y aljibe,
la gravitación del amor, que nos justifica.

Pienso en ellas y pienso también, amigo escondido,
que tal vez a imagen de la predilección, obramos la muerte,
que la supiste de campanas, niña y graciosa,
hermana de tu aplicada letra de colegial,
y que hubieras querido distraerte en ellas como en un sueño.

Si esto es verdad y si cuando el tiempo nos deja,
nos queda un sedimento de eternidad, un gusto del mundo,
entonces es ligera tu muerte,
como los versos en que siempre estás esperándonos,
entonces no profanarán tu tiniebla
estas amistades que invocan.

(A Francisco López Merino, de Cuaderno San Martín, 1929)



Dijo su sobrina, Estela Calvo de Reca:

Minucioso, exigente con su propia apariencia, coleccionista de corbatas y sombreros, era amigo de charlas nocturnas de café y de club... También es alegre en su correspondencia, ingeniosa y comunicativa... Lo es en los folletos, que imprimía precariamente en algunas tradicionales y ya desaparecidas librerías con trastienda... Si analizamos las circunstancias que rodearon su vida... más difícil fue y será aceptar la decisión de su muerte. Sin embargo, se mata. Tenía 23 años. Esa actitud, ese momento, ese instante en que la atracción de la sombra supera el derecho o el esfuerzo de vivir... fue, en la inexorable decisión de su destino, su última pasión de autenticidad...

Dijo Guillermo Pilía:

Después de Almafuerte, quizás es Francisco López Merino (1904-1928) el primer poeta platense de trascendencia nacional. La obra de López Merino se reduce a dos títulos: Tono menor, de 1923, y Las tardes, de 1925. Después de su muerte, sus amigos reunieron en un tomo estos dos libros y sus poemas inéditos. Su breve obra ha sido relacionada con Musset, con Samain, con los poetas del simbolismo. Hay en sus versos una leve tristeza confesional y una pulcra tendencia a recrear el paisaje como "estado de alma" que lo acercan a actitudes románticas, a la vez que el equilibrio formal, en estrofas y vocablos, lo aproxima al rigor modernista.

(En http://www.eldia.com.ar/especiales/127aniversario/plata.htm)

Dijo Marcela Ciruzzi:

...fuera de los claustros escolares, Panchito era un excelente lector, de gustos exquisitos, notoriamente afrancesado. Siempre se lo veía con un libro bajo el brazo dispuesto a ‘saborearlo’. Con frecuencia leía en francés, idioma que aprendió a traducir y a hablar prácticamente solo. Reunió una biblioteca de valiosos volúmenes de sus escritores preferidos: Francis Jammes, Albert Samain, Paul Valéry, Alfred de Musset, Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Théodore Banville, François Coppée, Stéphane Mallarmé, Gustav Verhaeren, Maurice Maeterlinck, Jean-Jacques Rousseau, Max Elskamp, Henri Frédéric Amiel, Guillaume Apollinaire y muchos otros. Y también le fue fácil dejarse subyugar por las figuras más difundidas entonces del modernismo literario: Rubén Darío, Amado Nervo, Juan Ramón Jiménez; y por clásicos como Virgilio o argentinos como Enrique Banchs o futuristas como el italiano Filippo Marinetti o por el cautivante Edgar Allan Poe.

(En Francisco López Merino, poeta niño, 1992)


CUATRO POEMAS

De viaje

Un niño, frente a mí, va mirando el paisaje;
sus ojillos descubren las flores campesinas
y como el tren se lanza por valles y colinas
este niño se llena de emoción en el viaje.

Silabea palabras que apenas oigo, asombra
esa mirada suya penetrante y tranquila,
se dijera que ansía que su clara pupila
aprisione los bellos pormenores que nombra.

Los demás, abstraídos, el paisaje olvidamos.
El pensamiento nuestro cesa de hilar, reposa...
Yo me he dicho ante el niño que admira el cielo rosa:
él es el más poeta de los que aquí viajamos.

Calle

Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde nunca pasó otra alma
que no sea la del viento...
Las nubes se detienen a mirarla
con sus ojos etéreos,
y saben, por la ausencia de las hojas,
si está en ella el otoño o el invierno.
Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde caminé tantos domingos
con mi pequeño huerto de recuerdos...
Cuando yo muera, amigo, habrá quedado
en esta calle lo mejor que tengo:
El rosal escondido de mis penas
y la música vaga de mis sueños...

Las Tardes

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué lago
invisible y lejano recogerá tu imagen?.
Líquido estremecido por un perfil tan vago
se tornará sensible cuando los astros bajen.

Temo quebrar la magia de tus vírgenes sendas
con la torpe palabra que mi labio pronuncia.
Tendré que ser más leve para que me comprendas,
o tú bajar al mundo como agua que renuncia.

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué brisa
se lleva tu silencio cargado de leyendas?.
De paisajes soñados se nutre tu sonrisa
Tendré que ser más leve para que me comprendas.

Mis primas, los domingos...

Mis primas, los domingos, vienen a cortar rosas
y a pedirme algún libro de versos en francés.
Caminan sobre el césped del jardín, cortan flores,
y se van de la mano de Musset o Samain.

Aman las frases bellas y las mañanas claras.
Una estatua impasible las puede conmover.
Esperan la llegada de las tardes de otoño
porque, tras los cristales, todo de oro se ve...

Y vienen los domingos a cortar rosas. Saben
que el eco de sus voces para mí grato es.
Entre las hojas quedan sus risas armoniosas;
ellas seguramente se ríen sin saber.

Mis primas, cuando llueve, no vienen. Dulcemente
aparto los capullos que el viento hará caer;
hago un ramo con ellos y pongo bajo el ramo
un volumen de versos de Musset o Samain.

Busto de Francisco López Merino, La Plata