jueves, 29 de mayo de 2014

Jorge Vocos Lescano (1924-1989)









Dijo David Martínez:

     Libro tras libro, poema tras poema, no desmayó en la búsqueda y el ahondamiento de un lirismo auténticamente sentido y expresado con acento cristalino convincente y de renovada transparencia. En esto, su actitud estética se ha mantenido al margen de modos y de modas; rasgo destacable, por cuanto le ha permitido el hallazgo de su propia individualidad dentro de una línea de expresiones perdurables.

(En: La Prensa, Buenos Aires, 22 de agosto de 1971)

No es hora

NO, que para mí no es hora
de cambiar así;
no es hora, siendo el que fui.

Como zumba el colibrí
sin parar desde la aurora,
zumbando de amor en mí
traigo la madrugadora
sangre desde que nací.

No, siendo el que soy, no es hora,
no puedo parar aquí.
Y mucho menos ahora,
ahora que ya te vi.


Si apenas te he visto, pues...

SI apenas te he visto, pues, y el suelo
se mueve entero bajo mis pies,
cómo me iré a sostener después
cuando se me venga encima el cielo.


Entrega

COMO ese árbol que a todo
lo que está cerca, lo va llenando
del roma de su fruta en sazón,

yo quisiera, quisiera de igual modo,
por todas partes ir desparramando
la luz que pones en mi corazón.


Hacia el alba

DAME la mano.
No pienses, sigue dormida.
Qué hermoso es ser un simple ser humano
junto a otro ser, queriendo y en la vida.

(De: Queriendo y en la vida, Buenos Aires, 1972)




Sigfrido Radaelli (1909-1982)


Radaelli por Leopoldo Presas





Dijo Carlos Mastronardi:


     Una exaltación que no excluye el apacible tono coloquial, una elocuencia sin elocuencia, imprime su tono a estos admirables poemas. El poeta se acerca a las cosas y las vidas; un manso franciscanismo lo consustancia con la verdad de todo lo creado. Otras veces lo desvelan los grandes enigmas; entonces su conmovedora voz pide la cifra de aquello que nos rige desde la sombra. Pero su palabra siempre es afirmativa y celebratoria. 
     Huelgan mis consideraciones, ya que toda poesía firme se impone como una evidencia, como un hecho de la naturaleza...


(En: El Diario, Paraná, 13 de octubre de 1966)




Las rocas y el mar

¿Quién no observó el juego extraño, la labor sin sosiego
del mar frente a las rocas?
Desde lejos viene hacia aquí un murallón de olas,
alto, brillante, rápido.
Viene hacia aquí el oleaje, hacia el borde del mar;
replegándose
sube y baja su lomo
y de golpe se estrella contra las rocas, entre espumas.
Desde lejos, el oleaje podría ser un muro ondulante
que viene a azotar cruelmente las piedras de la orilla
entre bramidos de furia y de posesión.
Pero tal vez podría ser algo tan distinto: una inmensa caricia de agua
formada por saltos, por vértigos resplandecientes,
por rumorosas cascadas
que no buscan más que cubrir las piedras por un instante,
llenarlas de luz
y dejarles un terciopelo verdoso y húmedo
que se lleva bien con el misterio de las piedras,
con sus pasadizos, con sus insondables recovecos.

¿Y si fueras tú esa ola
que cuando va a castigar abraza con un susurro
y deja en la roca callada su luz
y su secreto?


La ausencia

Ya sé, los dos sabemos
que si te alejas hoy es para volver mañana.
O sea que mañana te veré nuevamente.
Está bien.
Pero hoy si te alejas para volver sin plazo,
si es eso lo que ocurre,
o sea ya no sé si veré mañana
o en un mes
o en un año,
ya no sé entonces si nunca volveré a verte.
¿Y entonces, Dios mío, hoy es la última vez que te veo
y esta tarde la última,
son estos minutos los últimos?

Ahora sé qué es no saber nada de nada.
Todo ha cambiado de golpe. Enfrente de mí
un agujero inmenso y negro, y en mis oídos resonando
un eco lastimero y largo.
A mi alrededor todo es vacío.
Hablo y me detengo,
vuelvo a hablar solitario, escucho asombrado mi voz
y vuelvo al silencio.
¿Qué sentido tienen ya las palabras
o los murmullos o el recuerdo o las pruebas del amor?

Los signos

Decir: adiós,
levantar una mano y agitarla
con alegría o con tristeza.

Decir: hola, qué tal.
Decir: hasta mañana,
con una mirada,
tal vez con una sonrisa también.

Decir: te he comprendido hasta el fin,
con un apretón de manos,
un largo apretón.

Decir que esta tarde ha sido hermosa
porque en la tarde estuviste tú.
Pero decirlo sin palabras,
sin gestos,
sólo con mi silencio.

(De: Tiempo sombrío, Buenos Aires, Losada, 1975)

miércoles, 28 de mayo de 2014

María de Villarino (1905-1994)




Dijo Salomón Wapnir:

      Digamos sin reticencias la amplia palabra que nos dicta el pensamiento: he aquí un libro de versos. Un auténtico libro de versos.
     Era indispensable la urgente presencia de un esfuerzo literario concebido por la pureza de Calle apartada. Este libro de María de Villarino llega repleto de motivos que nos revelan una austera serenidad de pensamiento, ligada a las mejores disposiciones para expresar en la sugestiva forma del verso, sus impresiones y sensaciones.
      Es, pues, Calle apartada un libro de poesía en lo que tiene de más puro y esencial esta manifestación de belleza....

(En Claridad, Buenos Aires, 1929)


Dijo Gabriela Mistral:

     He leído sus versos nobilísimos de Tiempo de angustia. Digo nobilísimos por el alma madura y de clima superior de país de meseta que hay en ellos. Como clima, constante y a la vez rico y ligero.
     Es una dicha muy grande -yo recuerdo su cara- la de empezar a vivir con ese espíritu tan seguro, tan afilado, tan señor.
     Habríamos hablado de muchas cosas. Pero este viaje mío ha sido atarantado, loco y bobo. Y pocas esperanzas tengo de volver. Por eso más me duele esta pérdida. Le dejo en estas frases breves una admiración cabal, cabal y el deseo de una amistad que le ofrezco y le doy desde luego.
     No se abandone usted. Cuide su vida de la calle, de la urbe, de la mundanidad. Usted es un regalo precioso para su raza y en ella para mí, María de Villarino, profunda amiga.

(Buenos Aires, 1938)


TRES POEMAS

Octubre

  DE aquella muerta tierra y anegada
brotó fecundo el tiempo de la siega.
Y en hazas donde el sol no siempre llega,
su oro la espiga yergue coronada.

  Sombra lacustre en musgos afelpada,
henchido brote, fronda que sosiega,
pecado de morir en muerte ciega
por climas de recuerdos, desterrada.

  Octubre floreciendo: alas que llevo
de ser entre sus manos. Hoy de nuevo
la luz atreve lo que ayer rehuía.

  E hiriendo sombras de la noche larga
bebe frescuras de la tierra el día
donde medraba la raíz amarga.


Transpresencia de la imagen


  ¿QUÉ es de la imagen que en la luz flotante
de un fondo de conciencia revivido,
fugaz, como entrevista en el olvido,
llega y huye, y se hace más distante?

  ¿De dónde viene? ¿Cómo fue el errante
recuerdo de su paso así perdido?
¿Pudo ser un deseo no cumplido,
inapresable sí, pero constante?

  ¿Qué segundo anticipa o de qué abismo
azul retorna en transparencia muda?
Por qué el interrogante de esta duda

  que la precede al ser por vez primera:
"¿Cuándo, en qué tiempo ya viví esto mismo,
en qué espacio esta imagen así era?".


Otoño serrano

  ¡LUZ y frescor en las sierras!
Alborozo del paisaje
bajo la gracia abrileña.
  Timideces del otoño
por llevar a los follajes
su palidez de hojas muertas.

(De: Antología poética, Buenos Aires: Losada, 1958)











jueves, 17 de mayo de 2012

Enrique Méndez Calzada (1898-1940)





Con Baldomero Fernández Moreno




Dijo Dalmira del Carmen López Osornio de Fernández Moreno:


.... Voy a arrancar la primera envoltura con estos epígrafes: amistad, simpatía, cordialidad, elegancia del espíritu y de la otra, agudeza, moderado señorío, y comienza a surgir el positivo del desaparecido autor. Nuestro hogar se iluminaba de una amable y fina ironía, más bien suave humorismo, cuando al sonar de un timbre se anunciaban los seguros pasos de Méndez Calzada. Todo lo que diga tendrá la medida de lo exacto, dentro de la posibilidad que nos haya dejando el transcurso y degaste de las horas. Por lo pronto, tento ante mi vista un retrato en el que se lo ve andando, con Fernández Moreno, desde el Congreso hasta mi casa situada entonces en Alsina al 1600. Casa que honraba con sus visitas todos los sábados. Aparece caminando con la mano en acción, con una casi sonrisa qie iba siempre más allá, como si se adelantara a llevar su pensamiento en la presentación de su palabra. Era una especie de rito que durante mucho timpo cumplió con fidelidad de dogma, y que no rompió, creo, hata que se fue a París. Desde allí recibimos una tarjeta con unas breves palabras, y nada más. Sí, y mucho más, ya que la última vez que lo vi en una cena de despedida, en casa de parientes, al levantarnos de la mesa, me indicó galantemente el camino de la sala, y al pasar delante de èl, me dijo, como con despreocupada voz: "Bueno, me voy a dejar mis huesos en Europa." Estas palabras quedaron sin respuesta, peo sí con un ademàn de estupor y desconcierto. Hoy creo que entonces necesitaba y buscaba solidaridad humana; y trataba de quebrantar la soledad que lo acompañaba como sombra, y tal vez de defender una existencia que adivinaba no se prolongaría mucho...

(de Méndez Calzada, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1962. Biblioteca del Sequiscentenario. Colección Antologías)


Dijo Verónica Cardozo:


La profunda sensibilidad de escritores y artistas los hace ingresar - a veces - a los lugares más inhóspitos del espíritu. Así atraviesan las cavernas de la mente donde quizás están encerrados algunos secretos del mundo. Esa fragilidad puede ser vista, además, como un maravilloso don que vuelve demasiado vulnerables a ciertas almas que no soportan determinados condicionamientos de la realidad. Esto se agrava para ellos cuando ese mundo real les resulta demasiado incomprensible. Por eso, en su condición de naturalezas impresionables y perceptivas - y al no poder modificar el entorno - algunos deciden terminar con sus vidas.
Se han tejido muchos mitos con algunas de esas muertes voluntarias; se cuestionaron
vidas, se alimentaron razones, se intentó incluso, descubrir los dolores más íntimos de cada cual…
¿Enfermedad, desengaños de amor, designios de familias, azares del destino? ¿O simplemente se trata, como algunos suponen en primera instancia y sin profundizar, de meros actos de cobardía?
Sólo ellos supieron del padecimiento en ese minuto fatal y lo llevaron a sus tumbas.
Las predestinaciones o azares del destino hicieron que en un lapso de meses, murieran por decisión propia tres poetas consagrados: Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni. Amigos. Compañeros en el camino. Cada uno con su estilo, inclinaciones políticas y formas de vida pero, siempre, incansables observadores del mundo.
En la esfera de la política y teatro hubo también suicidios como el de Lisandro de la Torre, Enrique Méndez Calzada, Víctor Juan Guillot, Enrique Loncán, Florencio Parravicini y Eduardo Jorge Bosco.
Muertes acaecidas en una época en que el país atravesaba una asfixia social y económica de corrupción y ”mishiadura”, como eternizó el tango en muchas de sus composiciones. La década del ‘30, esa “infame”
Tiempos amargos reflejados en las letras pero eternizados también, por los grandes poetas suicidas…

(de http://www.letravivadigital.com.ar/letraviva15/nota8.html  )


El  autor declara

Yo soy el sacerdote de un santo sacrificio
en el que se desbrda mi religiosidad.
La vida: ese es el Dios de mi sagrado oficio.
Bien, Verdad y Belleza: he dicho mi Trinidad.

(Colofón de Devociones)





Frente al espectáculo

Mi vida es una eterna vacilación. Mi vida
oscila entre los polos de la risa y el llanto.
Y oprime mi alma el peso del cósmico quebranto:
ya en ella el duende alegre de las burlas anida.
¿El mundo, es una vasta tragedia dolorida
digna de que el poeta la enaltezca en su canto,
o es, como me murmura la voz del desencanto,
una farsa vulgar, grotesca y aburrida?
Oh, el complejo espectáculo de la vida... me inquieta
saber si he de cantarlo con alma de poeta
o he de mofarme de él, lo mismo que un juglar.
Y ante el arduo dilema, reflexiono,vacilo;
entre el llanto y la risa como un péndulo oscilo
y no séqué es mejor: si reir o llorar!

(de Devociones, Buenos Aires, José López García,1921)





Nuevas devociones

Yo soy el que, en ingenuas horas de adolescencia,
componiendo pueriles versos sentimentales
buscó, si no remedio dulce para sus males,
pretexto fútil para soportar la existencia.

Y hogaño, soy el mismo. Sólo que la experiencia
y las elementales normas de los manuales,
me enseñaron que las efusiones cordiales
deben dosificarse con singular prudencia.

Rasco el viejo violón, sólo que con sordina,
y gimo acaso, bajo mi máscara de harina,
como el clown de la vieja figura literaria.

Y no tiene la culpa mi piedad de creyente
de que la vida torne mi rezo irreverente
o convierta en blasfemia lo que iba a ser plegaria.

(de Nuevas devociones, Buenos Aires, Babel, 1924)





martes, 4 de octubre de 2011

Héctor Viel Temperley (1933-1987)


Dijo Juan Forn:

Si algo me hace pensar en él es el sol pleno del verano. Y sin embargo lo conocí en invierno y de noche: una noche de invierno de 1976, una noche entre semana, porque yo estaba con uniforme del colegio y ella también. Ella era un par de años más chica que yo, se llamaba Verónica y era una de las hijas del poeta Héctor Viel Temperley. Estábamos ahí, en la puerta del BarBaro, porque ella quería que yo conociera a un poeta de verdad, un tipo que había dejado a su mujer y a sus hijos, además de su cómodo trabajo y su clase social, para dedicarse a escribir poesía. Había poca gente adentro, Hetomín (así lo llamaban sus amigos, así lo llamaban sus hijos) no había llegado, pero igual preferimos esperar adentro, porque uno no se quedaba parado esperando en la calle, de noche, en esos años –era algo que se sabía aunque no se supiera ni el diez por ciento de lo que estaba pasando–. Un rato después, ella vio venir a su padre, nos presentó y, por lo menos en mi recuerdo, nos dejó a solas. Durante la hora que siguió, por primera vez en mi vida yo pude escuchar cómo pensaba un poeta de verdad. En mi recuerdo, Viel fue el primer adulto que me habló como un igual. No fue culpa de él que yo no entendiera nada, que creyera que me estaba hablando sólo de poesía cuando él repetía la palabra riesgo.
Seis años después, a seis cuadras de distancia, volví a encontrarme con él. Su nueva base de operaciones era un bar con mesas en la calle sobre Carlos Pellegrini, a metros de Santa Fe, al lado del edificio donde estaban las oficinas de la Editorial Emecé, donde yo trabajaba de cadete. A las ocho menos cuarto de la mañana, el único otro habitué de aquellas mesas en la vereda era el Coco Basile, que desembocaba ahí con sus amigotes cuando cerraban el cabaret Karim, en la otra cuadra. Viel iba por el sol: con tal de aprovechar los primeros rayos de sol, a veces llegaba adelantado y se cruzaba con el Coco y su pandilla, que odiaban el sol pero odiaban más irse a dormir.
En una de esas mesas a la calle, a fines del ’82, Viel me dio un ejemplar de Crawl que acababa de imprimirse (me lo regaló de pura chiripa, porque fui el primero con el que se cruzó cuando volvía con el paquete de la imprenta: estaba tomándose un cafecito al sol, con la pila de libros en la silla de al lado, cuando yo bajé del colectivo a cinco metros de su mesa). En otra de esas mesas esperó mientras yo robaba para él, de la biblioteca de Emecé, un ejemplar de Humanae Vitae Mia, el único de sus libros de poemas cuya edición él no había tenido que pagar de su bolsillo, el único del que no le quedaba ningún ejemplar.
Para entonces yo ya había perdido lo mejor de la inocencia que tenía al entrar en el mundo de la literatura y creía que un poeta que se pagaba la edición de sus libros no era un poeta importante. Además, en esa época Viel hablaba de Dios todo el tiempo, un dios luminoso y panteísta y demasiado cristiano para mi gusto, aunque él lo hiciera aparecer en sus monólogos interminables entre legionarios y marineros y cosacos y nadadores de aguas abiertas y domadores de caballos. La última vez que lo vi en la terraza de aquel bar fue cuatro años después: tenía la cabeza vendada como la famosa foto de Apollinaire cuando volvió de la guerra, me dijo que su madre había muerto, que él acababa de terminar un libro llamado Hospital Británico y que le habían trepanado el cerebro. Irradiaba luz, hablaba demasiado fuerte, yo creí que estaba medicado: era que se estaba muriendo, a su formidable manera.
Aunque fuese Enrique Molina el primero que tomó a Viel en serio, que lo vio literalmente como un igual (nómada, amante del mar, vitalista ciento uno por ciento), hay que reconocerle a Fogwill el inicio del culto. Es en gran medida gracias a él que hay hoy por lo menos dos generaciones de jóvenes que idolatran a Viel por Hospital Británico, ese libro agónico que según decía le dictó su madre muerta a la luz del quirófano donde un cirujano le estaba abriendo el cráneo con una sierra eléctrica (le habían dado anestesia local; estuvo consciente durante toda la operación). Hospital Británico es un libro que Viel armó casi por completo con frases de sus libros anteriores, aquellas en las cuales anticipaba lo que le iba a pasar en una sala de ese hospital en 1986, acompañado por el espíritu de su madre muerta.
Para sus fans, es un misterio cómo pasó Viel de la normalidad casi anodina de sus libros anteriores a la potencia fulgurante de Hospital Británico (“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Me han sacado del mundo”.) Para mí, el verdadero salto, la triple mortal sin red, la había hecho poco antes, en Crawl. Uno de los acápites de ese libro es de León Bloy y dice: “Escucho a los cosacos y al Santo Espíritu”. Ese redoble sobrenatural de la tierra es lo que consiguió por fin escuchar Viel cuando estaba a punto de cumplir cincuenta años, y es lo que retumbó en su cabeza hasta hacérsela explotar, menos de cinco años después.
“Soy un hombre que nada”, me dijo en una época de bajón, después de Crawl y antes de Hospital Británico. Eso pensaba a veces de sí mismo: tanto dedicarse a la poesía y nada, salvo nadar, y que lo leyeran cincuenta. Para los mozos de aquel bar con mesas a la calle en Pellegrini y Santa Fe, y para el Coco Basile y su claque de putañeros after-Karim, será siempre el secreto mejor guardado de aquel refugio que ya no existe: el ocupante solitario de la mesita del sol, el sacado del mundo, el demente que parecía tener adentro el sol cuando pedía con voz de trueno su café y decía, a quien quisiera mirarlo, la frase que después inmortalizaría en Crawl: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, aunque comulgué como un ahogado”.

En: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-159191-2010-12-23.html

Dijo Julián Guarino:

Héctor Viel Temperley. Usted oyó hablar de él. Viel es un gran poeta. Viel es más que eso, es un mito conjugado en tiempo presente. Para hablar de él quizás debamos trazar una línea entre lo que es el poeta y lo que es poesía. No se trata de una línea arbitraria –digamos, maginot a ultranza- sino de una segmentación que establece el mismo Viel. Enseguida veremos bajo qué condición.
Poeta nómade y solitario –en lo biográfico fallecido en 1987 de un tumor, en un hospital, a los 54 años- sus escritos salen de los circuitos que los acunaron desde hace tanto tiempo para dejarse ver. La aparición de su Poesía Completa es, quizás, una muy buena noticia para aquellos que recién se acercan a su obra; y una mala para esos otros que no querían compartirlo.
En tanto que el poeta, hay luces que se ven a lo lejos. Su escritura extrema, su culto por el cuerpo, por la religión, por todo aquello que signifique imponerse al destino, ser el propio artífice de la búsqueda, anticiparse a la agonía. La de él, es una búsqueda espiritual y su escritura es ni más ni menos que la puerta de acceso a ese espacio divino. Viel no mira el mar acordonado desde una playa con una pipa en la boca. No, Viel está allá adelante y lo único que vemos de él son los arcos que dibujan sus brazadas mar adentro y que asoman por entre las olas.
Leerlo, es entrar en un desierto de esperanzas y temblores, tan parecido a los desiertos de Buzzati, tan similares a las laberínticas angustias de Kafka. Es estar dispuesto a despojarse de todos los preconceptos, seguir a Viel en su itinerario poético, en su vida de versos de mar y cielo atada a los tobillos por un hilo de carne humana. Un ejemplo de esto es "Hospital Británico", su último libro escrito en 1986, año en el que estuvo internado en una clínica del mismo nombre, la poética puede leerse como un diario de la enfermedad. En su estructura, ostenta una cronología alterada, marcada por fechas que no se suceden y por lugares que le son familiares.
"Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme / Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo". (Hospital Británico, 1986)
Ya en el texto, se trata de un hombre antes que un poeta. Si pudiéramos verlo, anticiparnos a sus movimientos cuyo patrón de carácter imaginamos aprehendido con el correr de los años, observados atentamente por la mirilla de la aguja que atraviesa la tela, que atraviesa la carne, nos resultaría impensada su dedicación al cuerpo-poema.
Esa aguja que es Viel sutura aquello que, en otros poetas y poesías, se llama "salir a buscar mundo por ahí". La del escritor, es una zona verbal "cerrada al vacío", donde el contraste entre el mar inabarcable y el cuerpo, no es más que un patrón de comparación que nos ayuda a dimensionar el dolor inicial de ser hombre, es decir, de ser una criatura mortal.
"Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo"
"Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa lentamente y que de nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones". (1978)
Y luego sí, viene la poesía, el análisis, porque le ha sido dada la palabra. Pero sucede algo, que es en sí mismo extraño al corpus de la literatura. El poema se vuelve una masa informe y viva. No está ligada a ninguna otra identidad más que a sí misma. Como bien marca Juan Pohls, en su análisis sobre Hospital Británico, con Viel Temperley, la relación natural entre el poeta y la obra se subvierte. Existe un "extrañamiento" del yo y una "autonomización" del poema como cosa disponible y desconocida. El poema no se toma el trabajo de explicarse. Se trata de algo que respira, un ser vivo que uno puede encontrar caminando por las playas del sur –el sol poniéndose en el horizonte, el viento helado, un perro que ladra y se revuelca-. De esa segmentación hablábamos al comienzo. Para comprobarlo, basta leer dos de sus libros-poemas "Crawl" y "Hospital Británico".
En los trabajos de Viel, los tópicos "nadar", "cavar" nos dan la pauta de la valoración del hombre por el hombre. Su poesía cabe perfectamente en la porfía de una religión y de una espera. Viel "reza", "nada" y "espera" amurallado en el cuerpo de una especie de deportista, que busca, paciente, la hazaña. No hay lirismo que lo entusiasme tanto como para abandonar la escritura desde lo físico. Sus pulmones se hinchan con el aire marino pero ansían la respiración torcida de boca y cabeza mientras se lleva a cabo la brazada del crawl que remonta la ola.
"Se nubla y se desnubla. Me hundo en mi carne; me hundo en la iglesia de desagüe a cielo abierto en la que creo. Espero la resurrección espero su estallido contra mis enemigos- en este cuerpo, en este día, en esta playa. Nada puede impedir que en su Pierna me azoten como cota de malla -y sin ninguna Historia ardan en mí- las cabezas de fósforos de todo el Tiempo."  
Así, somos los lectores que Viel siempre quiso. Aquellos que están dispuestos a entrarse en las profundidades mismas del océano –ese océano que busca la playa en su eterno romper de olas-. Somos aquellos que deben dar brazadas en forma frenética pero con la decisión incondicional del que se sabe poseedor de una fuerza que proviene de la invocación divina, para seguirlo, a él, al poeta, en su condición de hombre, de profeta, del Cristo que siempre será.

En: http://www.con-versiones.com/nota0288.htm

Dijo Eduardo Milán:

1. Héctor Viel Temperley no es autor sólo de Hospital Británico (1986). Pero en ese libro está Héctor Viel Temperley, el esencial. Lo que sorprende es que, tal vez por eso: para mantener una esencia que en el texto es también textualidad, modo de hacer textual, el Hospital reitere fragmentos de otros textos anteriores. Y es la noción de materialidad, no tanto de textualidad, la que deslumbra en un autor que insiste una y otra vez en la condición religiosa de su poesía. Más bien: realidad religiosa de su poesía. ¿Cuál sería la otra, la alternativa de convencimiento para la conmoción, que pudiera proponer un libro escrito en estricto sentido contrario de su medio ambiente poético –la Argentina, América del Sur, la lengua castellana de los años ochenta del siglo XX? ¿Qué opciones para expresión, revelación de una experiencia mística, trasmisión de una creencia, ofrece un mundo carente a gritos de una verdadera ecología del cinismo? Para un escucha a medio hacer –el nuestro, indeciso entre nacer y no nacer de nuevo, de una vez para la palabra o remendar, suturar a la palabra para un nuevo oído- la verosimilitud de la experiencia es condición de realidad. El sujeto puede saltar en pedazos. Pero al margen de la literatura, del artificio y del filtro implacable del lenguaje, lo vivido extraordinario es demandado para su recepción como un vuelo a media altura, nítido de visibilidad, casi palpable. ¿Qué dolor seduce con la mención de la palabra “Dios” y de una postal de Christus Pantokrator? ¿Qué quiere decir eso cuando el alcance de una palabra, aún de esa palabra, en un tiempo y al mismo, alta, total, rica y austera en su ausencia, es de mesura insegura? Pero ese es, en todo caso, el punto de inflexión entre la palabra y el mundo, aunque esa palabra haya tenido de su lado el prestigio de un largo mundo y que el largo mundo haya tenido de su lado el favor de esa palabra. Poesía no es sólo relación entre palabra prestigiosa y mundo que se va suspendiendo en el tiempo hasta tocar violentamente tierra. En el tiempo o en el espacio, poesía es poesía de un tiempo y de un espacio, tal vez para muchos, tal vez para menos. Desde esa lógica exige. Introducir, en el marco fuertemente caótico, babélico –pero de un babelismo sin fuerza dado no por avidez de coexistencia sino por multiplicación de régimen productivo- un texto que arrastra la anterioridad de los textos de un autor concentrado en un núcleo místico-curativo y hacerlo pesar en el mal armado contexto poético del momento aquel –del que no estoy seguro que la poesía latinoamericana haya salido- es una proeza, lo cual, en un continente socializado pendularmente de la promesa a la promesa, es sinónimo de alta calidad.

2. ¿Cómo estaba el medio ambiente poético?
Llamo “medio ambiente” poético latinoamericano a lo que algunos sociólogos y críticos se devocionan en llamar “contexto poético”: hábil movimiento de pinzas de la sociología de los años sesenta para hacer caer dentro de esa cerca a toda aquella producción poética circulante en esa temporalidad, desde la manifiestamente volcada hacia el futuro-en progreso (la transformación social y política de nuestras sociedades según las reglas más o menos explícitas de la razón utópica) como aquella reacia -por más de un motivo: formal, temático, intemporal- a toda casilla. La poesía tiene una devoción ecológica de la cual la sociología literaria carece. Esa tendencia a posicionarse ecológicamente de la aventura poética debe, a veces, luchar contra distintas maneras del acecho. Entre ellas, la histórica. No la historia como visión estructurada del mundo como devenir-transformación para el ser humano. No: el uso del discurso histórico como coartada para la limitación y estrechez de miras de todo fenómeno cultural y creativo que no se ajuste a los parámetros de esa preceptiva que adquiere caracterización moral exclusiva y excluyente durante la década de los sesenta en América Latina, como si la lucha por el cambio trajera consigo el peligro siempre latente de un desborde incontenible en las esferas de la creación y de los sentidos. La poesía latinoamericana padeció fuertemente esa presión cuando no se ajustó a lo que se consideraba participación clara y abierta en el proceso de cambio. En esa consideración coactiva cabía toda gama de matices pero básicamente se definía por uno: el rechazo a toda práctica artístico-poética que no fuera “comprensible” y, por lo tanto, desalienante en relación a prácticas poéticas vinculadas ideológicamente al mundo que se quiere transformar. Se excluían así del horizonte de “lo comprometido” todo tipo de experimentación verbal-formal que pusiera la tónica en la formalización misma. Análogamente, en el plano del “contenido” (construcción binaria, la de continente y contenido de los “mensajes”, muy presente en esos días de realidad tumultuosa) se toleraban poco construcciones poéticas que no constituyeran temáticamente alternativas de mundo. Un poeta, a mi modo de ver, de indiscutible calidad como Ernesto Cardenal era leído al margen de su conciencia poético formal siempre abierta, coloquial-exteriorista y en busca del afuera poético, y también al margen de su devoción religiosa. Simplemente, Cardenal era un escritor –como todo escritor lúcido y humanamente apto- que apostaba por la transformación. Pero con una diferencia muy marcada en su práctica: Cardenal no perdía de vista la libertad de su razón poética. No se escribe todavía la crítica de la razón transformadora en América Latina de las décadas sesenta-setenta desde el ángulo del impacto causado por las distintas realidades en juego en el cuerpo de la producción simbólica. Por un hecho reiterado más que por una cuestión poderosa: la de que el impulso y la realidad transformadoras riñen, desde la Revolución Soviética, con manifestaciones artísticas que presenten el modo de construir las creaciones simbólicas desde una radical alteridad. Cuestión de tiempos: toda alteridad parecería estar en el mundo por venir, no en las creaciones artísticas del presente en tránsito. Estas consideraciones que parecen alejadas de una poesía como la de Viel Temperley pueden centrar en esa obra, por retracción temporal, de otro modo la mirada.

3. ¿De qué forma actúa Viel Temperley allí?
Para una poética como la de Viel Temperley el medio ambiente poético no era propicio. Aunque habría que ver qué ambiente de recepción es el propicio para la poesía, por ejemplo, concentrada de Hospital Británico. Si el convulsionado entorno real de América Latina no era el propicio para la poesía de Viel Temperley tampoco podría serlo ningún ambiente que proyecte un arte en trasformación. La discusión abierta sobre el futuro del arte, sobre el fin del arte, sobre la posibilidades del arte poético no saben qué hacer con una poesía que, finalmente, se propone mediante una experiencia de alto voltaje de subjetividad transmitir algo, una sustancia ubicada en una región del tiempo donde no llega la historia pero tampoco la historia presente de la convulsión de las formas del arte. Una poesía que tenga una referencia permanente en cualquier tipo de religión no sólo se sitúa en un margen de la historia de Occidente desde el siglo XIX, al margen de todo nihilismo y al margen de toda consecuencia del pensamiento romántico en sus derivas evolutivo-formales. Si las formas son históricas como proponía Friedrich Schlegel una formalización acorde con nuestro tiempo pasa por la problematización de la forma. Se situará al costado del giro sobre el arte que proyecta la modernidad que emerge de manera radicalmente crítica de sí misma en manifestaciones claves como las vanguardias estético-históricas de las primeras décadas del siglo XX. En pocas palabras: la poética de Viel Temperley no encuentra en el ámbito que proyecta la modernidad lugar por ninguna parte. Sólo puede una poética trascendente, aunque enclavada en la cotidianeidad más rigurosa y empecinada –es decir: en el escenario vivencial propio de la poesía moderna post-romántica que no puede prescindir de la urbanidad como base de toda experiencia- encontrar su posibilidad de manifestación en la excepcionalidad de la circunstancia –una intervención quirúrgica en el cerebro- y en la excepcionalidad de un lugar donde situar el discurso de su propia posibilidad, un lugar apartado que cobija la enfermedad: un hospital. Dolor y soledad límites. Es lo que transmite Hospital británico. Por más que Héctor Viel Temperley en sus consideraciones sobre su poema amplíe el marco de su significación ratificando, con cierta humildad, con cierta distancia y con cierto realismo que Hospital británico “estaba en el aire”. Y tal vez sea cierto, tal vez en la década de los ochenta en la poesía argentina, en la latinoamericana, en la poesía de lengua castellana, estuviera en el aire la necesidad de un texto poético límite que pudiera sortear la inclinación a la recaída en las líricas del retórico dolor, en las líricas de la abstracción conceptual polarmente alejadas de la experiencia cotidiana del lenguaje hablado, y de las líricas de trascendencia segura, ávidas de tantos mundos más allá como desertoras de esta realidad. Y, a la vez, el mismo aire albergara la urgencia de traernos la experiencia del poema trabado lingüísticamente con la existencia del humano en soledad radical, suspendido tanto de enjuiciamientos como de afirmaciones para, una vez más, “empezar todo de nuevo”.

En: http://www.confinesdigital.com/conf36/la_necesaria_provocacion_de_hector_viel_temperley.html

Cuatro poemas

El nadador

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arrollos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.

Qué calor hace, madre

Qué calor hace, madre.
Quiero inyectarme un poco
de agua helada
en la vena del brazo.

Hasta en los cielos últimos
necesita beber agua
la carne.

El verano en que resucitemos
tendrá un molino cerca
con un chorro blanquísimo
sepultado en la vena.


Vengo de comulgar y estoy en éxtasis

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis,
aunque comulgué como un ahogado,
mientras en una celda
de mi memoria arrecia
la lluvia del sudeste,
igual que siempre
embiste al sesgo a un espigón muy largo,
y barre el largo aviso
de vermut que lo escuda
con su llamado azul,
casi gris en el límite,
para escurrirse por la tez del mundo
hacia los ojos de los nadadores:
dos o tres guardavidas,
dos adolescentes
y un vago de la arena que cortaron
con una diagonal
el mar desde su playa.


Bajo las estrellas del invierno

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer --volaban los chimangos!--
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre...

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo...

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste...
En fin...
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece
Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin...
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin...
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba
con una pistola en el puño sin tener donde afeitarme









jueves, 15 de septiembre de 2011

Tilo Wenner (1931-1976)


Dijo Marta Dillon:

Federico acuna a su hermano en brazos. Acuna lo que dejaron de su hermano 33 años de ausencia, la misma cantidad de impunidad, dos disparos de marca indeleble y el temor del asesino en el negro carbón de los huesos. Todo eso pesa 800 gramos. Menos que un niño recién nacido, menos que el pan que se compra por día. Federico Wenner tiene 64 años, casi dos metros, unas manos grandes como su pena y una ligera curva en la espalda. El mismo, dice, pesa 80 kilos. El, hermano menor de Tilo Wenner; ese nombre que se anota en la urna y que intenta reparar en ese acto la brutalidad de haber ocultado los cuerpos de los masacrados, de haberlos dejado a la intemperie del amor de los suyos y de sus homenajes aunque no de la memoria; él pesa ahora cien veces más que eso que queda de su hermano. Y sin embargo, estos pocos huesos son un hombre. Estos pocos huesos son también la historia de un hombre, pueden decir con su ínfimo peso, con su humana presencia que ese hombre, poeta, narrador, periodista, imprentero, agricultor en su infancia, autodidacta siempre, ascensorista en la juventud, espíritu libertario todavía ahora; ese hombre fue muerto antes de que se cumplieran diez días de iniciada la dictadura militar argentina más sangrienta de la historia. Que su cuerpo fue arrojado a 300 metros del río Luján, sobre un camino isleño junto al de su amigo Gastón Roberto José Goncalvez, que los dos, junto a otro compañero y otra compañera que aun esperan recuperar su nombre, fueron cubiertos con neumáticos y carbonizados. Encontrados más tarde por bomberos, enterrados después sin nombre en una fosa, anotados con un número por la burocracia del cementerio de Escobar. Tapados con tierra pero no con olvido.

Veinte años después del entierro anónimo, las manos expertas del Equipo Argentino de Antropología Forense recuperaron esos cuatro cuerpos y le devolvieron la identidad a uno de ellos: Gastón José Goncalvez, padre de Gastón y de Manuel, que hasta ese mismo año había vivido sin saber que sus padres habían sido asesinados y desaparecidos por la dictadura. Cuando Gastón padre fue identificado, merced a un clavo quirúrgico en la pierna, Manuel todavía se llamaba Claudio Novoa pero la historia empezaba a desplegarse frente a sus ojos.

En aquel momento le tocó a Gastón hijo acunar la urna con los restos de padre, llevarla marchando unas cuadras bajo la bandera de la agrupación Hijos hasta su destino en el cementerio de Flores. Federico

Wenner no supo de aquella ceremonia. No supo tampoco que la reconstrucción de la historia señalaba que uno de esos cuerpos podía ser el de su hermano, el que había sido su contención y su ejemplo. Ese tipo “especial, libertario, honesto, intelectual, el único entre los once hermanos que fuimos”. Que a Tilo Wenner le faltara completo el brazo izquierdo desde los once años no era un dato suficiente; el fuego había hecho estragos en esos cuerpos aunque, curiosamente, habían sobrevivido los mocasines de Gastón Goncalvez, un detalle que a su hijo mayor le había devuelto la humanidad que los huesos por sí solos no llegaban a otorgarle.

Federico Wenner, entonces, padecía una profunda depresión que lo había alejado de sus afectos y hasta de la vida. No podía entender, como no puede entender todavía, que él haya sobrevivido y no su hermano Tilo, secuestrado la misma madrugada del 24 de marzo por un grupo de policías al mando de Luis Abelardo Patti, a quien los dos hermanos conocían de sobra, como conocía y temía cualquiera en el pueblo de Escobar. “A Tilo lo fueron a buscar un día antes del golpe, pero él, a pesar de que le faltaba el brazo, había logrado escaparse por el fondo de la imprenta donde hacíamos el periódico El Actual. Pero después volvió, pecó de ingenuo y hasta se presentó en la comisaría junto con mi cuñada para ver cuál era el cargo en su contra. Le dijeron que contra él no había nada, que se fuera tranquilo.” Tilo, fiel a su espíritu, imprimió la edición semanal de El Actual con la denuncia del allanamiento a la imprenta en la tapa y Federico lo distribuyó, como siempre, entre los 500 suscriptores de la zona. Fue la última edición. Horas después, el 26 de marzo, la patota volvió y se llevó al periodista, al autor de 13 libros de poesía hoy prácticamente inhallables aunque en algunas librerías especializadas los originales se venden como piezas preciosas a costos que el autor nunca habría imaginado: 3 mil dólares por un poemario.

“No habían pasado 20 minutos cuando mi cuñada, Eliana Naón, fue a buscarlo a la comisaría, que quedaba a 30 metros de la imprenta. Le dijeron que ya no estaba ahí, que lo había llevado Coordinación Federal. Años después supimos que a los detenidos los subían a un colectivo que estaba atrás del patio de la comisaría, sobre un baldío. Ese resultó el campo de concentración.” Un centro de exterminio que ya tenía en su ADN la noción de traslado que tenía la dictadura: la muerte.

Ni Federico ni su cuñada dudaron nunca de que Patti estaba involucrado. Desde 1975 venía acosando a Tilo cada vez que una publicación polémica se distribuía por Escobar con su firma, en la tapa de El Actual. Ese periódico que se fundó en 1964 había resistido incluso los embates del Onganiato: en 1968 otra patota que se identificó como perteneciente a Coordinación Federal allanó y destruyó lo que pudo dentro de la imprenta de los Wenner, “nos dijeron que tenían denuncias de que nuestro periódico tenía ideas comunistas. Pero Tilo no era comunista, ni siquiera peronista. Sin embargo a la imprenta iban los muchachos de la JP y de otros partidos porque hablar con él era un placer. Tenía ideas marxistas, pero si yo tuviera que describirlo diría que era anarquista, no se cuadraba ante nada, su línea era la honestidad. Por eso se había involucrado desde el periódico con la huelga de trabajadores de la Ford en 1975, que también valió un allanamiento y hasta denunció al intendente que asumió en Escobar al mismo tiempo que Héctor Cámpora, por coimero.

Cuatro meses pasó Federico fuera de Escobar después de la desaparición de Tilo. Es que la imprenta se había convertido en un galpón lúgubre y sin sentido. Tampoco se sabía nada de quien Federico conocía como José, Gastón Goncalvez, desaparecido desde la misma mañana del golpe militar. “¿Viste la sensación que da comer tu postre favorito? Eso era lo que me producía cada vez que venían José y su mujer, Mariana (Ana María Granada, mamá de Manuel Goncalvez). Ellos eran como el sol.” A pesar de todo, finalmente Federico volvió a Escobar y fue entonces cuando se enfrentó cara a cara con Luis Abelardo Patti: “Me siguió con un Peugeot 504, se bajó con la 45 en la mano y me quiso hacer subir. Me resistí y le pegué de arrebato, el arma quedó en el piso, se armó un revuelo en la calle porque era pleno día”. La libertad de Federico, de todos modos, duró horas. Era febrero de 1977. Estuvo desaparecido dentro de la comisaría de Escobar durante diez días, los mismos diez días que duró la tortura que Patti presenció sistemáticamente. Después lo revisó un médico, le tomaron las huellas digitales y pasó a disposición del PEN. Cuatro meses después, lo liberaron. Pero haber sobrevivido, para él, fue otro modo de la muerte.

 Federico Wenner, el último de los once hijos de un matrimonio de agricultores analfabetos, hijos de inmigrantes alemanes que a pesar de ser segunda generación apenas hablaban castellano, pasó más de dos décadas envuelto en una nube de alcohol y pena. Fue su corazón el que dijo basta: el pecho, literalmente, se le abrió en dos. Después de la operación cardíaca fue cuando pudo volver a asomarse a lo que más le dolía: la desaparición de su hermano. Fue un acercamiento gradual. Acompañado de una amiga que hoy es su esposa, Raquel Pik, Federico empezó a montar las piezas de su memoria. Primero se encontró con el rostro de quién él conocía como José en el Parque de la Memoria. Después, ya en 2007, se contactó con sus hijos, Gastón y Manuel, que ya se habían convertido en querellantes en el juicio que hoy mantiene detenido al ex comisario Luis Abelardo Patti. Más tarde llegó el momento de denunciar su propia desaparición en el Tribunal de San Martín y convertirse en actor en busca de justicia. Y también de dejar su muestra de sangre en el Equipo Argentino de Antropología Forense esperando que los restos de su hermano por fin se reúnan con su nombre.

La identificación de los restos de Tilo Wenner se concretó este año gracias al proyecto Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Desaparecidos. El esqueleto incompleto E 2, de la sepultura 4190, ahora tiene nombre y apellido y una placa en el cementerio de Chacarita que lo recuerda como quien fue: un poeta vanguardista, víctima de la dictadura, periodista y tipógrafo, autor de trece libros casi inhallables, aunque sus letras sobreviven en algunos sitios de Internet donde pueden leerse frases como ésta: Ahora mi amor es yo mismo volcado desde adentro. /No pudriré a nadie y no me dejaré pudrir. /Cortaré la manzana olorosa y la expondré a los cuatro puntos cardinales. /Mi libertad y ninguna otra cosa.

En: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-1352989-11-15-html

CUATRO POEMAS

Octógono fosforescente 

De los cabellos pezuñas endiabladas,
corazones
configurados por la ausencia de los sonidos
en la flor azul sobre el tejado rojo

Los moribundos
no alcanzaron la altura del disco rayado

De los peregrinos
sobre
las huellas bajo los tallos gigantes
en las axilas de la mujer santa.

De los desfiladeros del perdón
en las fronteras
batidas por el avance
de los filos
de la consumación entre el hombre y la mujer

De los triángulos
consagrados al campo de descenso
para tempestades continuadoras invencibles
en el oficio
de lámparas de hacer la noche.

El mar
nunca tuvo en cuenta la odiosa plegaria
del fabricante de ataúdes.

De los condenados
en la cárcel octogonal
confundidos en la designación llaves de plata;
de los confinados en las islas
aparecidas
cuando la luna concluía la danza
de los peces
cuando ya nadie tenía corazón
para adquirir regalos de los fáciles adoradores
de la temprana llamada
a los oídos
de la italiana recién construida

De las arañas cortesanas
en la lengua tierna
de la novia en la mejilla del prometido
en las carreteras con bellos
refugios
para las ruedas detenidas en hacer
por fin
un minucioso análisis de las manos intrépidas

En los timbres de la selva
cuando
despierta de espaldas a las costumbres
aceptadas para todos

Pero
los fijados mueren de la mordedura
del musgo
en las paredes de sus casas

De los enviados inquietantes
cuando
la paz lograda es una cinta comestible
con la fosforescencia verdosa
en la melena
del asesino furtivo.
de la carrera libre
por los ascensos en la continuación del mar

Cuando imagina
es una piedra

Amanecer de la maniobra inevadible estallido
del trueno agudo

Correspondencia Del Fuego

Mientras yo te miro, tú muestras tu alma.
Tus detalles más pequeñs me conmueven;
por ejemplo, un cabello sobre tu frente, un
lunar en tu vientre.
Todos los días te descubro y describo;
al día siguiente vuelves a ser la desconocida.
Nunca faltaré a tus citas.
Nada me parece inútil en ti.
Lo revelador es el modo como compones tu
imagen.
Decir que eres la dueña de las nubes, es
apenas indicar uno de tus atributos.
Todo lo que tocas se convierte en correspondencia
del fuego.
Tus manos lucen mejores que las estrellas
en una noche de verano en el mar.
Estás llena de señales; eres como un mapa
de un país imaginario.
Eres transparente y sabia.
Tu sangre es mansa y volcánica.
Eres tan cambiante como la permanencia.
Lo que reflejan tus ojos es lo distinto que
podría ocurrir.
Siempre estás abierta.
El magnetismo que irradias contamina a todos
los que se te acercan.
Escandalizas con tu inocencia al cielo y la
tierra.
Brillás más que una garza en un plenilunio
de otoño.
Eres como una lluvia imprevisible.
Amo cada uno de tus momentos.
Eres real, y sin embargo eres la ilusión
perfecta.
Eres niña como un gran pan de azúcar.
Cuando tú me miras callo y sonrío.

Donde la vida y la muerte cruzan sus límites


Donde la vida y la muerte cruzan sus límites
se descuelgan las pieles feroces de un deseo interminable
se tropieza con toda rapidez
están rotas las medidas eficaces
armado de lo hondo a la burbuja del vientre
asoma y rompe el vacío de su presencia dejada
por la tenaz ausencia del probable visitante
¡tan a deshora se conmueve el corazón del amante
y de su amante!

Maldición del molusco

Los muertos no dicen esta boca es mía
Sus dulces consecuencias no laten entre los pastos
No respiran
¡Reino incorregible!
Consume la vida no dice adiós
Todo resta entre nosotros
La gran voz de trueno cae con sus claves
¡Imposible cultivo del engaño!
Un avance sin ser.
La constancia consume su instancia
Tormento en la puerta atornillada
Sin brillo
Plata de pasar las manos
Cada noche la alegría suspira
Antes dormir a la caricia del sueño
Delicioso expirar del revólver
¿Quién llama a la llama?
El caracol: siempre el mismo atesorador
Del silencio.



Biblioteca Alternativa Tilo Wenner, Paraná. biblioaltertilowenner.blogspot.com

jueves, 18 de agosto de 2011

Osvaldo Guevara (1931)



Dijo Julio Requena:

...La poesía de Guevara es esencialmente metafórica y vorazmente paisajística. Estas dos cualidades configuran un sistema expresivo con potencia singular. En su obra LA SANGRE EN ARMAS se detecta una voz lírica sacudida por el viento de una búsqueda palpitante de versos afiebrados, anhelantes de los contornos reales más que de las apariencias intangibles. Por eso es una poesía que quiere sentir con todo el cuerpo, más que con toda el alma. Y por eso es una poesía que se abre las venas sobre la realidad para inundarla de sangre sensual de sangre espesa y paradisíaca, de "sangre en armas", según el propio titulo del volumen. Alejándose deliberadamente de las preocupaciones reflexivas y metafísicas de muchas corrientes actuales de la poesía, se declara a sí mismo un primitivo mental. Esto lleva a suponer que, frente a la Invasión de una poesía desnutrida de lenguaje figurado, Guevara no es tanto un poeta nacido a destiempo, cuanto a contratiempo. Leyéndoselo, se verá que implícitamente propugna un retorno a la revitalización de las palabras apreciadas como seres encarnados y no como espectrales signos de la comunicación humana. Quizá en pocos como él reine esa ansia por lo sustancioso y germinal y que para Gabriel D'Annunzio era "la vida múltiple y multiforme, vibrante, sonora y atrayente”. Ansia por un universo de discurso poético donde las palabras no sean meros canjes conceptuales fino concreciones sensuales del imaginar .....

...Rimas generosas, adjetivaciones inusitadas, alejandrinos rítmicamente subyugantes, comparaciones arrancadas de las más insólitas perspectivas, compusieron la reforma modernista. La lírica de Guevara acapara estas condiciones y se complace en querer demostrar que él pudiera ser muy bien un continuador de la esplendidez verbal de aquellas épocas. Por supuesto que sólo emplea esta técnica estilística para informar sus estados de ánimo. En su fondo, en su temática, no desoye los reclamos plurales del hombre, cualquiera sea su procedencia terráquea, su grupo sanguíneo ideológico...
...Los sonetos de Guevara son en algunos casos dignos de antología. Teniendo la maestría de un parnasiano, maneja el contenido con la pasión de un romántico...

(De un trabajo leído por su autor en una audición -
El libro de la semana- del Inst. de Lit. Argentina e Iberoamericana de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba; audición presentada por el Departamento de Cultura de Radio Universidad de Córdoba, en julio de 1962).

Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/guevara_osvaldo/la_poesia_de_osvaldo_guevara.htm

Dijo Antonio Tello:

Su suerte es común a la de otros grandes creadores del interior del país que, por el carácter hegemónico de la metrópolis o quizás por el legítimo empeño en no traspasar los umbrales del territorio familiar, su obra no ha alcanzado la difusión y la valoración que se merece.

Fuente: http://www.eldigoras.com/eom03/2004/2/aire31ogv01.htm


Cuatro poemas

Yo pescador

Bajo la tarde de aire espeso y breve
cimbro mi caña y el anzuelo tiro
adonde el agua en mórbido retiro
se embosca insomne como un saurio aleve.

Asechante el instinto, el alma leve,
como una vena mi silencio estiro.
Pienso en sordina, como en clave aspiro
y ni la tarde a pestañear se atreve.

El corcho late. Monologa el hilo
un vibrátil rencor de olfato en celo.
Y ahora el aire breve es como un filo.

Y escapa el pez azul -chispa de cielo-
y mi alma en alto es una caña en vilo,
pero mi instinto, abajo, es un anzuelo.

(De Oda al sapo y cuatro sonetos, 1960)

El arquero

Aspiro el aire verde del campo estremecido
y es como un pasto tibio y oloroso mi vello.
Hay también una verde ternura en tu vestido
y un murmullo de tierra se te paga al cabello.

Como el nervio de un brote mi tacto en tu cintura
siente el fluir la vida vegetal y cimbrante.
Tu garganta es un pozo sonoro de frescura.
un cumpleaños de fruta te sazona el semblante.

Con un húmedo anhelo de planta trepadora
voy rastreando tu cuello, tu escote, tu corpiño.
te deslíes como una llovizna y se colora
de atardecer tu rostro, mientras te desaliño.

La sombra se lastima la enagua en un alambre
que resentido acecha con sus uñas de púa.
Un relincho nupcial punza como un calambre
y es mi olfato en tu piel una terca ganzúa.

Nos amamos. La noche se aplasta contra un charco,
yo he sorbido, besándote, tu sangre como un vino.
Y se crispa mi sed como apuntando un arco
desde el temblor de tu alma al centro del destino.

(De La sangre en armas,1962)

Rosa

Y anda otra vez la lluvia por el techo
con su ternura naufraga y ruidosa,
y el fío de la ausencia, el frío, Rosa,
se me viene a las sábanas y al pecho.

Sin tu voz todo está como deshecho,
sin tu mano es un hueco cada cosa,
sin tu pisada duele esta baldosa
y es otro mueble sin tu olor el lecho.

Llueve. Pienso en la sombra. El cuarto es grande.
La soledad, como un hollín, se expande
por este aire de cal y ropa muerta.

Si estuvieras, no sé qué te diría,
pero creo que no me importaría
tanta lluvia en la noche tan desierta.

(De Los zapatos de asfalto, 1967)

Niña Carmen

Niña Carmen: anoche he comido unas uvas
dulces
como sus ojos.
Yo regresaba solo a pieza de hotel.
Iba subiendo, solo, esa escalera
queme pone en los pies lejanías de barco.
Y me salieron al paso los racimos
de un parral numeroso
que lo rodea todo como una sombra verde.
Mi mano deshabitada
que venía de no tocar tu pelo
fue tocando las uvas.
Mi boca desierta
que volvía de hablarle a usted
con la cautela con que una llovizna
se acerca a una paloma
fue comiendo las uvas
lentamente
sintiéndolas
perderse en mi garganta como imposibles besos
oyéndolas
penetrar en mi cuerpo y en mi vida
convertírseme en sangre
una sangre de miel y fuego suave
que cantará en mis venas para siempre.
Minuto tras minuto
uva
tras
uva
seguí yo en la escalera del hotel silencioso
a esa hora en que los huéspedes duermen
pesadamente
o se dejan estar
en un sopor insomne
recordando
olvidando
distintos
ni educados vulgares o feroces
con la brasa indolente del verano
en las respiraciones y las sábanas.
Una sensación honda
delgada
casi como una pena pero sin sufrimiento
entraba en mi memoria
mis manos
mi destino
(una sensación que iría conmigo hasta la pieza
y allí se quedaría
como un agazapado amanecer
hasta este día
este poema).
Y las hojas aún tibias del parral
era una frescura de canción olvidada
de aire envolviéndome el corazón
como un agua
una luz
como una cabellera de mujer.
Inmóvil
subía por las uvas
hasta empujar los racimos del azul con la frente.
Y ya no estuve solo. No me pesaban
enero
los zapatos
la escalera
los años y perjuicios
las habitaciones sordamente entreabiertas
el roce de la noche despierta como un pulso
el amor que no llovió en mi sed
las estrellas cansadas y espesas del verano.
Esas uvas
tan lentamente dulces
tenían el aroma
el color
el sabor de sus ojos
Niña Carmen.

(de Niña Carmen, 1988)